Esta es la sexta entrega de la serie dedicada a Jerusalén, sus huellas y sus ecos. En las anteriores hemos recorrido la presencia española en Tierra Santa, las peregrinaciones, el Colegio del Pilar, la Casa de Santiago, la singular relación de Alfonso XIII con Howard Carter y, en la última, el desarrollo de la arqueología de Jerusalén hasta las grandes excavaciones del siglo XX. Llegamos ahora a un momento decisivo: 1967.
El enfoque continúa siendo deliberadamente
interdisciplinar, en el sentido fuerte del término. No se trata de sumar datos
arqueológicos, comentarios históricos, observaciones filológicas y referencias
religiosas como piezas independientes, sino de situarnos en el lugar donde se
cruzan tres perspectivas: arqueología e historia, filología y ciencias de las
religiones, estudios de memoria. Jerusalén obliga a hacerlo. Pocas ciudades
muestran con tanta claridad que excavar un muro puede ser, al mismo tiempo, investigar
el pasado, interpretar un texto y modificar una memoria colectiva.
1967: una fecha
que cambia también la arqueología
La guerra de los Seis Días y la posterior anexión de
Jerusalén Este por Israel modificaron profundamente las condiciones políticas,
urbanas y científicas en las que se desarrollaba la investigación arqueológica.
Desde finales de los años sesenta aumentaron las excavaciones, se ampliaron las
zonas accesibles y se emprendieron proyectos de una escala desconocida hasta
entonces.
Las excavaciones dirigidas por Benjamin Mazar al sur
de la Explanada del Templo y junto al Muro Occidental revelaron aspectos
monumentales de la Jerusalén herodiana: calles pavimentadas, escalinatas, baños
rituales, arcos y grandes muros de contención. Nahman Avigad trabajó en el
Barrio Judío, donde se hallaron viviendas, murallas, restos del Cardo romano-bizantino y edificios que permitieron reconstruir distintas fases de la
ciudad. Yigal Shiloh volvió a excavar en la Ciudad de David y profundizó en el
conocimiento de la trama urbana de la Edad del Hierro y del entorno del
manantial del Gihón.
La arqueología de Jerusalén adquirió así una
capacidad extraordinaria para hacer visible la ciudad antigua.
Pero esa mayor capacidad traía consigo una
cuestión inevitable: ¿qué Jerusalén se hacía visible?
La pregunta es relevante porque excavar nunca
consiste simplemente en retirar tierra. Hay que decidir dónde se excava, qué
niveles se conservan, cuáles se desmontan para llegar a estratos anteriores,
qué hallazgos se consideran especialmente significativos y, finalmente, cómo se
presentan al público.
En una ciudad como Jerusalén, esas decisiones tienen
una resonancia excepcional.
A partir de los años ochenta se desarrollaron grandes espacios arqueológicos visitables. La Ciudad de David se convirtió progresivamente en un parque donde el visitante puede recorrer restos que abarcan desde la Edad del Bronce hasta el periodo bizantino. El área situada junto al Muro Occidental presenta la monumentalidad de la Jerusalén del Segundo Templo. El Ophel permite aproximarse a fortificaciones y construcciones próximas a la Explanada. Los túneles ofrecen acceso a estructuras que durante siglos permanecieron ocultas bajo la ciudad.
El resultado científico y cultural es impresionante.
Pero toda presentación del pasado selecciona.
La arqueología israelí ha otorgado una importancia reconocida a los periodos del Primer y del Segundo Templo y a la continuidad histórica judía en Jerusalén. Investigadores e instituciones palestinas han insistido, por su parte, en la profundidad de las fases cananeas, romanas tardías, bizantinas e islámicas, así como en la continuidad histórica de las comunidades árabes, musulmanas y cristianas.
No conviene reducir estos mundos científicos a dos
bloques homogéneos. Dentro de cada uno existen escuelas, debates y desacuerdos
importantes. Pero sí resulta evidente que la arqueología de Jerusalén se
desarrolla en un espacio en el que las interpretaciones del pasado tienen
consecuencias contemporáneas.
Por ello intervienen también organismos
internacionales, instituciones responsables del patrimonio, universidades,
comunidades religiosas y organizaciones locales. Las excavaciones próximas al
Haram al-Sharif o Monte del Templo, los recorridos subterráneos y la
transformación de determinados sectores en parques arqueológicos suscitan
debates que son científicos, pero también urbanísticos, religiosos y políticos.
Jerusalén nos recuerda así algo elemental que a
veces se olvida: los restos arqueológicos pertenecen al pasado, pero se excavan
en el presente.
La arqueología contemporánea dispone de instrumentos que los primeros excavadores del siglo XIX difícilmente habrían podido imaginar.
La prospección geofísica permite detectar anomalías
y posibles estructuras sin abrir inmediatamente una zanja. Las técnicas de
datación son mucho más precisas. El análisis de residuos microscópicos puede
ofrecer información sobre actividades humanas invisibles a simple vista. Los
sistemas de información geográfica permiten relacionar miles de datos
espacialmente. La fotogrametría y los escáneres tridimensionales registran
edificios y excavaciones con una precisión extraordinaria.
A ello se suman las reconstrucciones digitales. Hoy
es posible superponer en una pantalla diferentes etapas de Jerusalén,
reconstruir hipotéticamente edificios desaparecidos, comparar trazados urbanos
y relacionar un hallazgo con otros cientos de datos.
La tecnología mejora la observación. No suprime, sin
embargo, la necesidad de interpretar.
Un muro puede medirse con precisión milimétrica.
Otra cosa es determinar su fecha, su función, quién ordenó construirlo y qué
relación tiene con un texto escrito siglos antes o después. Un modelo digital
puede reconstruir un edificio; pero esa reconstrucción depende de hipótesis
previas.
Aquí aparece uno de los grandes cambios en la
arqueología de Jerusalén durante el último medio siglo.
Durante mucho tiempo se habló con naturalidad de «arqueología bíblica». La expresión respondía a una concepción bastante precisa: la excavación podía proporcionar pruebas materiales que confirmaran los relatos de la Escritura.
La búsqueda estaba orientada en consecuencia. Se
intentaba localizar el palacio de David, identificar las murallas de Ezequías o
Nehemías, reconstruir el templo de Salomón o encontrar las huellas de las
destrucciones narradas en los textos bíblicos.
Esta forma de aproximación produjo resultados notables. También generó un problema metodológico: se corría el riesgo de empezar por el texto, convertirlo en un mapa y tratar de acomodar después los restos materiales a lo que previamente se esperaba encontrar. La arqueología actual opera con mayor cautela.
Uno de los ejemplos más conocidos se encuentra en la
Ciudad de David. Algunas grandes estructuras allí descubiertas han sido
interpretadas como posibles restos vinculados a la Jerusalén monumental de
tiempos de David. Eilat Mazar defendió esa cronología temprana y relacionó
determinadas construcciones con el mundo descrito en los relatos bíblicos.
Otros arqueólogos, entre ellos Israel Finkelstein, David Ussishkin o Ronny
Reich, han propuesto cronologías distintas o han advertido que los datos
disponibles no permiten una identificación tan directa.
De ahí surgieron debates que con frecuencia se reducen a las etiquetas de «maximalistas» y «minimalistas». Para el público no especializado, quizá lo más importante no sea decidir qué etiqueta corresponde a cada investigador, sino comprender el cambio metodológico que se ha producido: la Biblia ya no puede funcionar como una plantilla sobre la cual se coloca la excavación.
La arqueología se convierte en interlocutora del texto. A veces lo confirma. Otras veces lo matiza. Puede obligar a reconsiderar una fecha, una dimensión urbana o una interpretación histórica. Y también puede ocuparse de aspectos sobre los que el texto bíblico apenas dice nada.
Ese desplazamiento ha ampliado enormemente la arqueología de Jerusalén. La investigación ya no se limita a reyes, templos, murallas y conquistas. Estudia también viviendas, talleres, vertederos, sistemas de abastecimiento de agua, hábitos alimentarios, enfermedades, movimientos de población y modificaciones de los barrios.
Un basurero puede resultar tan informativo como una fortificación. Una cisterna puede explicar mejor el crecimiento urbano que una inscripción real. Los residuos orgánicos pueden decirnos qué comía una población, de dónde procedían determinados productos o qué enfermedades padecían sus habitantes. La Jerusalén que emerge de esta arqueología es menos espectacular, pero más humana.
Se puede seguir la transformación de una población cananea en una ciudad de la Edad del Hierro; observar las modificaciones de las épocas helenística y romana; estudiar cómo cambian los barrios bajo el dominio bizantino, musulmán, cruzado, mameluco u otomano. La ciudad deja entonces de aparecer como una sucesión de episodios bíblicos y se convierte en un laboratorio de historia urbana de larguísima duración.
La Biblia sigue siendo una voz fundamental, pero no
es la única.
Hay otra transformación decisiva: la arqueología de Jerusalén se ha convertido en una experiencia física para millones de visitantes.
Los túneles del Muro Occidental permiten caminar
junto a estructuras situadas bajo la ciudad contemporánea. En la Ciudad de
David se recorren sistemas hidráulicos antiguos, incluido el conocido túnel de
Ezequías. Pasarelas, iluminación y explicaciones audiovisuales convierten el
subsuelo en un espacio visitable.
La experiencia puede ser extraordinaria. Quien
desciende unos metros comprende de inmediato lo que significa una ciudad
estratificada. Sobre una construcción antigua se levantó otra; sobre ésta, otra
más. Muros que pertenecieron a edificios separados por siglos se encuentran hoy
a poca distancia entre sí.
Pero la experiencia plantea una nueva cuestión: ¿qué relato acompaña el recorrido? Un visitante no recibe únicamente piedras. Recibe una narración.
Los centros de interpretación explican qué está viendo, proponen fechas, identifican personajes, reconstruyen edificios y seleccionan imágenes. En algunos casos presentan modelos tridimensionales de la Jerusalén de David, Nehemías o Herodes. Así se crea una ciudad que es simultáneamente antigua y contemporánea: antigua por los restos; contemporánea por la forma en que esos restos se ordenan y se explican.
Algo semejante sucede en los museos. El Israel Museum, el Rockefeller Museum, el Tower of David Museum y las colecciones eclesiásticas custodian objetos extraordinarios. Pero un museo nunca es simplemente un almacén.
Seleccionar una inscripción, colocar junto a ella
una cerámica, reproducir un plano y situar los tres elementos bajo un título ya
crea una relación entre ellos. El visitante construye una historia mediante esa
secuencia.
Las grandes maquetas de Jerusalén, las reconstrucciones del Segundo Templo y las representaciones digitales han adquirido, además, una enorme circulación internacional. Se reproducen en documentales, manuales escolares, libros religiosos, páginas de internet y materiales utilizados por peregrinos.
De ese modo, una interpretación arqueológica
realizada en Jerusalén puede terminar formando parte de la imaginación de
alguien que nunca ha visitado la ciudad.
Aquí reaparece la idea central de esta serie: los ecos.
Una excavación produce objetos y datos. Produce
también imágenes, palabras y memorias.
Una calle herodiana reconstruida junto al Muro
Occidental puede aparecer más adelante en un documental visto en Madrid, Buenos
Aires o Ciudad de México. Un plano de la Ciudad de David puede incorporarse a
un manual bíblico. Una hipótesis arqueológica puede terminar, después de varias
mediaciones, en la explicación de un guía o incluso en una homilía.
La arqueología viaja.
Y al viajar se traduce.
Esa traducción no afecta sólo a las palabras.
Afecta también a las imágenes y a las categorías con las que se piensa el
pasado. «Ciudad de David», «Primer Templo», «Jerusalén herodiana», «periodo
cruzado» o «ciudad islámica» no son simples etiquetas cronológicas: organizan
la percepción de la ciudad.
Por eso, el estudio de Jerusalén exige mantener unidas las tres perspectivas con las que iniciamos esta entrega. La arqueología
y la historia permiten establecer qué restos existen y cómo pueden fecharse. La
filología y las ciencias de las religiones examinan los textos, los nombres y
las tradiciones relacionados con esos restos. Los estudios de memoria
preguntan cómo una sociedad selecciona, conserva y transmite unas capas del
pasado y no otras.
Ninguna de estas perspectivas basta por sí sola.
Jerusalén es quizás el lugar donde esa insuficiencia se hace más visible. Bajo las calles de la ciudad permanecen todavía muchos siglos sin excavar. Sobre ellas circulan habitantes, creyentes, turistas y arqueólogos. Entre unos y otros se construyen continuamente nuevos relatos.
Enlaces a las entregas anteriores:
La serie fue iniciada en julio de 2026, en https://fmarcosmarin.blogspot.com/2026/07/jerusalen-las-huellas-y-sus-ecos.html , continuada en agosto en https://fmarcosmarin.blogspot.com/2026/08/jerusalen-y-sus-ecos-peregrinaciones-y.html y en https://fmarcosmarin.blogspot.com/2026/08/ecos-de-jerusalen-y-la-casa-de-santiago.html , en septiembre en https://fmarcosmarin.blogspot.com/2026/09/ecos-de-tierra-santa-en-una-relacion.html y en octubre en Francisco A Marcos-Marín: Jerusalén excavada: de los ecos de relatos a la historia arqueológica
Créditos de imágenes:
1. Excavaciones de Givati, Ciudad de David. Muestra físicamente la superposición de estratos, excavación, pasarelas y ciudad contemporánea. Autor: Hanay. Licencia CC BY-SA 3.0. Wikimedia Commons Crédito: Foto: Hanay / Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0. Imagen y descarga en Wikimedia Commons
2. Muro Occidental en el Parque Arqueológico / Davidson Center.Autor: Deror avi. Puede utilizarse bajo CC BY-SA 3.0. Wikimedia Commons. Crédito: Foto: Deror avi / Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0. Imagen y descarga en Wikimedia Commons
3. Interior del túnel de Ezequías. Autor: Ian Scott. Licencia CC BY-SA 2.0. Wikimedia Commons. Crédito: Foto: Ian Scott / Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.0. Imagen y descarga en Wikimedia Commons
4. Maqueta de Jerusalén del período del Segundo Templo, Israel Museum. Autor: Ariely. Licencia CC BY 3.0. Wikimedia Commons. Crédito: Foto: Ariely / Wikimedia Commons, CC BY 3.0. Imagen y descarga en Wikimedia Commons
5. Patio del Rockefeller Archaeological Museum. La fotografía de Talmoryair está bajo CC BY-SA 3.0. Jacaranda FM Crédito: Foto: Talmoryair / Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0. Imagen y descarga en Wikimedia Commons




