Sunday, September 25, 2022

San Agustín, el púnico y su pervivencia en Occidente

Los términos españoles fenicio y púnico provienen, por dos caminos lingüísticos diferentes, del mismo étimo. Originariamente se refieren a la misma adscripción etnolingüística, aunque posteriormente se pueda interpretar la lengua púnica como una variante o evolución de la lengua fenicia. Esa variante sería la utilizada en Cartago (y desde allí también en la Península Ibérica relacionada con fenicios y cartagineses).

Este fenicio-púnico está en Africa desde fecha muy temprana. En la primera mitad del siglo IX a. JC se sitúa la fecha más probable en la que los fenicios fundaron Cartago e introdujeron en el Magreb un segundo grupo de lenguas afro-asiáticas: una lengua semítica, el púnico, que se unía las lenguas camíticas africanas (líbico-bereber) de la región. Si, por comodidad, se establece esa fecha en el 813 a. JC, hasta el establecimiento del árabe como lengua dominante, no antes del 800 d. JC., se estaría hablando de una historia lingüística de cerca de dos mil años, es decir, de una extensión temporal en la cual tuvieron que producirse muchas variaciones, tanto en la introducción y desaparición de lenguas como en la evolución de todas ellas.

La relación de Cartago con los bereberes más cercanos, los númidas, y los más lejanos,  mauri, término que se refiere a los habitantes de lo que hoy es Marruecos, comenzada antes de su derrota por Roma, continuó a pesar de esa derrota. Los historiadores romanos, como Polibio, insisten en una relación conflictiva entre Cartago y estos mauri; pero los datos conservados permiten afirmar que estos enfrentamientos no fueron más allá de los habituales entre pueblos con niveles de cultura y aspiraciones económicas y comerciales muy diferentes. Desde el siglo V a. JC., según el historiador greco-siciliano Diodoro, los cartagineses incorporaron a su ejército, como mercenarios, a bereberes de distintos orígenes, desde los númidas, más próximos, a los más lejanos mauri. Esta circunstancia tiene su importancia lingüística, puesto que, estos mercenarios tuvieron que aprender al menos algo de púnico para poder realizar sus tareas militares. Tito Livio menciona a los distintos grupos de bereberes que formaron parte del ejército de Aníbal que se dirigió a Roma en 218 a. JC. Los detalles se conocen gracias a la grabación ordenada por Aníbal en el santuario de Hera Lacinia. Se sabe también que la presencia de grupos de origen dispar en ese ejército causaba problemas lingüísticos, es decir, que no todos los que luchaban con Cartago tenían el mismo conocimiento del púnico, lo cual es normal, dadas las circunstancias. Hay que añadir que la influencia cartaginesa no se limitó a la incorporación de mercenarios, sino que hay restos arqueológicos de influencia cartaginesa, como señaló Gozalbes-Cravioto, especialmente la ciudad de Tamuda, cerca de Tetuán, en Marruecos, que son restos bien conservados porque, tras su abandono, Tamuda no volvió a habitarse.

Esta lengua púnica estaba, por tanto, bastante difundida en el norte de África y tenía raíces culturales y comerciales fuertes, aunque los datos, por ahora, no permitan considerarla lengua administrativa fuera de Cartago. Por ello se plantea de también de manera nueva el problema de hasta cuándo pervivió y de qué modo.

En 1988 Cox recogió las distintas conclusiones de los investigadores sobre los testimonios tardíos del púnico desde dos premisas fundamentales: que la pervivencia de una lengua no depende de la alfabetización de sus hablantes y que se trata efectivamente de púnico, no de un criollo púnico-bereber o púnico-latino.

En los años cincuenta, en el mundo cultural francés, tuvo eco una discusión que, como se verá inmediatamente, carecía de sentido, porque investigaciones desconocidas por los polemistas habían dejado la cuestión bastante clara. En 1950 Courtois se manifestó en esa discusión francesa contra la interpretación de los textos de San Agustín como prueba de pervivencia del púnico en el siglo V, mientras que, en 1953, su oponente, Saumagne, lo hizo a favor. Sin embargo, en un trabajo publicado en 1951, la cuestión había sido resuelta por Green, desconocido por los otros dos investigadores. Green había realizado una pesquisa mucho más exhaustiva y clara, en el sentido de que San Agustín testimonia la pervivencia y hace uso de la lengua tanto para la interpretación de algún pasaje bíblico como para comentarios más coloquiales o juegos de palabras. Encontró veintidós casos en los que el santo se refiere al púnico en textos de cierta entidad.

Puede recogerse un fragmento de una carta a Crispino, un obispo donatista que, tras haber comprado una finca cerca de Hipona, la ciudad la ciudad de la que fue obispo y donde falleció San Agustín, obligó a sus colonos católicos a volver a bautizarse como donatistas. Se trata de decidir si esos colonos aceptaron la nueva adscripción religiosa por su propia voluntad y para ello propone un debate y que lo que se discuta se ponga por escrito y se firme, con traducción al púnico, para que los colonos puedan elegir sin miedo lo que quisieren. La implicación lingüística es clara: los dos obispos se expresan oralmente y por escrito en latín, lengua que entendería parte de la población; pero, para otra parte de la población, era necesario traducir lo dicho al púnico, puesto que su conocimiento del latín no sería suficiente para comprenderlo con claridad. Había personas que manejaban ambas lenguas, podían traducir de una a otra, y personas que sólo se manejaban o, al menos, sólo se manejaban bien en una de ellas.

Otros textos, como una carta al obispo donatista de Hipona, Macrobio (Epist. 108, 14; CSEL 34:2, 628), corroboran la idea de que San Agustín era consciente de que, incluso entre los sacerdotes católicos, en los que se suponía un cierto conocimiento del latín, podían encontrarse algunos que no se expresaran con suficiente fluidez en esa lengua y tuvieran que recurrir al púnico. Macrobio, por cierto, sólo hablaba y escribía latín.  Incluso, cuando fue necesario nombrar un obispo católico en Fussala, localidad a cierta distancia de Hipona donde había habido enfrentamientos entre donatistas y cristianos, San Agustín eligió un presbítero que hablaba esa lengua y lo hizo constar así en los requisitos para el puesto.

            En otros lugares, como el tratado temprano, de 389, De Magistro, se encuentran testimonios, como una discusión entre el santo y su hijo Adeodato sobre la correcta interpretación de una palabra púnica. Aunque Adeodato propone recurrir a alguien más versado en púnico, para zanjar la discusión, es claro que padre e hijo tenían el suficiente interés y conocimiento del púnico para poder discutir sobre aspectos léxico-semánticos. En otros muchos lugares se han encontrado referencias a vocablos y su significado, en cuyo estudio San Agustín utilizó el conocimiento del púnico. Puede decirse que San Agustín establece una relación interesante entre los Afri y la lengua púnica y los Mauri y el bereber. Al menos en dos lugares él se consideró Afer: contra litteras Petiliani (400/3), 3:29 “eo quod Afer sum”; 3,31 “quia et Afer sum”. 

Tiene sentido también, a la luz de la relación entre San Jerónimo (c. 340 – 420), el traductor de la Biblia al latín y San Agustín (354-430), la afirmación de que, para el segundo, la lingua púnica unía su mundo vital africano con su mundo espiritual, bíblico.  También se explica, mediante el análisis de textos de un autor donatista, Tyconius, que la obra de este autor puede demostrar la existencia de una tradición “púnica” de interpretación bíblica. Estos datos se refuerzan para los siglos III al V, con los estudios de Fernández Ardanaz  e incluso se extienden a siglos posteriores. Así, para el siglo VI, cita el testimonio de Procopio, historiador bizantino que, en su narración de la guerra de Justiniano contra los vándalos, escribe: “la descendencia de los fenicios sigue viva y habla todavía hoy la lengua de los fenicios”. Se refiere a la zona de Fussala para la que San Agustín había señalado la conservación del púnico y nombrado un obispo que hablaba esta lengua. Otro testimonio del siglo VI es el del gramático Prisciano, quien no sólo escribe de etimologías púnicas, sino que afirma que se usaba el púnico en su tiempo y además lo relaciona con las lenguas semíticas de su grupo, caldeo, sirio-aramaico y hebreo.

Mas esta pervivencia durante algo más de tiempo no impidió la desaparición del púnico, ni afectó sustancialmente el destino de las tres lenguas que permanecieron más tiempo: latín y sus variantes afrorrománicas, hasta quizás el siglo XII, en usos restringidos y, hasta hoy, bereber y árabe.