Wednesday, November 30, 2022

Un ejemplo de la orientalización de Alandalús (y más allá…)

Si comemos espárragos, si nuestra comida empieza por una sopa y termina por un postre (en inglés, “from soup to nuts”), si usamos pasta de dientes, si nos afeitamos con regularidad o nos cortamos el pelo con flequillo, si nos cambiamos de ropa por la mañana o por la tarde o según las estaciones, si usamos desodorante, se lo debemos a un gran músico y humanista oriental en Alandalús, quien, además, introdujo una quinta pareja de cuerdas en el laúd y modificó la música cordobesa creando nuevos tipos, en los que algunos han querido ver rasgos originales del flamenco.  

Las crónicas, por sí solas, no permiten reconstruir la realidad y la evolución de Alandalús. Es preciso el tratamiento de conjunto de las varias fuentes, que requieren además un análisis temático específico, para recomponer y reordenar las diversas noticias, como piezas de un rompecabezas cuya clave aún no se ha encontrado. También se requiere un adecuado tratamiento documental y filológico, estableciendo qué es preciso volver a traducir y que hay que editar o reeditar. El marco anecdótico del relato tradicional, que tradicionalmente ha sido el usado para la interpretación de muchas de estas fuentes y que, como todo, ha contribuido al aumento del conocimiento, puede ser mejorado con tratamientos de carácter sociológico y antropológico, que son a veces de introducción difícil en ciertas áreas de estudio. En esta bitácora presentaremos un ejemplo paradigmático de orientalización.

Al-Muqtabis de Abū Marwān Ḥayyān ibn Ḫalaf ibn Ḥusayn ibn Ḥayyān (Córdoba 987/377 – 1076/469) es una antología de obras y datos historiográficos. Aunque muchas partes del texto se han perdido, es libro citado con mucha frecuencia por los autores posteriores y del que reproducen en sus obras fragmentos extensos. Gracias a ello se puede tener una idea bastante amplia del conjunto, sin desesperar de que se puedan encontrar nuevos manuscritos.

El perdido tomo I de al-Muqtabis, por lo que se sabe, contenía una descripción geográfica de la Península, leyendas sobre sus primeros habitantes, la Hispania romana y visigótica, la invasión sarracena del 711, los emires dependientes de Damasco y los emiratos de Abd al-Rahmán I y Hisham I, es decir, lo sucedido entre 710 y 796. El tomo II, que ha sobrevivido en parte, contenía los reinados de al-Hakam I, Abd al-Rahmán II (una parte, que tenía E. Lévi-Provençal, entre los años 796/180 a 846/232, se había perdido) y Muhammad I (hasta 880/267).

De él se utilizarán unos datos relativos a una muy destacada intervención o influencia individual revolucionaria de las costumbres de Alandalús e incluso del Magreb y de Europa que se produjo en el siglo IX, el momento en el que ya se impone el tipo cultural oriental de base árabo-islámica en Alandalús y en el que Córdoba empieza a ser conocida en Oriente y atrae la imaginación de artistas y curiosos en Bagdad.

Se trata de un personaje que todavía hoy llama la atención por sus iniciativas y que, como tantos otros representantes de la cultura oriental, merece ser conocido mejor en el mundo. El historiador árabe del siglo XVII al-Maqqari, en su Nafh al-Tib (‘brisa fragante’) dice: “Nunca hubo, antes o después de él, un hombre de su profesión que fuera más querido y admirado por todos”.

Su nombre era Abu l-Hasan Ali ibn Nafic (Mosul, califato abasí, c. 789 - Córdoba, emirato omeya, c. 857), apodado Ziryab, palabra persa que significa ‘mirlo’, por la calidad de su voz, su profundidad melódica y también por su tez oscura.  Fue músico, geógrafo, poeta, astrónomo, restaurador y lingüista y además se le puede considerar uno de los árbitros de la elegancia en modas y comportamiento, muy especialmente en la higiene personal.

Ibn Ḥayyān incluye la llegada de este gran artista oriental a Alandalús y la enorme influencia que ejerció, no sólo allí, sino en el norte de África y en Europa durante el emirato de Abdalrahmán II, inmediatamente tras la muerte de Hisham II, quien lo había invitado tras recibir una carta de Ziryab desde Kairouan en la cual lo solicitaba. El músico, según el texto de ibn Ḥayyān copiado por Al-Maqqari, había salido de Bagdad con un dinero dado por su maestro, celoso del discípulo tras una exitosa representación de éste ante el califa Harun al-Rashid, y había pasado por Egipto y por Túnez, al parecer siempre con la intención de llegar a Alandalús, atraído por la fama del emirato cordobés. Obviamente, todo esto debe tomarse cum mica salis, porque forma parte de la propaganda a la que son tan dados los cronistas; pero no hay duda de que, por una razón o por otra, Ziryab llegó a Córdoba y se asentó allí, espléndidamente recompensado por el emir omeya.

Vale la pena recordar la escena que había acontecido en Bagdad. Harun al-Rashid pidió a Ishaq, el maestro de Ziryab, que lo llevara a su presencia para escuchar algunas canciones. Ziryab había aprendido algunas de las más difíciles canciones de Ishaq y, cuando el califa, muy satisfecho por lo que había cantado al principio de su intervención, le pidió que cantara al estilo de su maestro, con el laúd, de éste, Ziryab le contestó que podía cantar esas canciones y que podía usar el laúd de su maestro; pero que él tenía otras canciones más bellas, para las que necesitaba su laúd, que había quedado a la puerta de palacio.

Cuando le trajeron su laúd, el califa lo miró y dijo que no notaba nada diferente. Ziryab entonces le explicó las diferencias, en un texto que deja bien claro el carácter innovador y que explica la importancia que adquirió como músico:

Aunque la madera y el tamaño son los mismos, el peso no lo es. Mi laúd pesa cerca de un tercio menos que el de Ishaq y mis cuerdas están hechas con seda que no fue hilada con agua caliente, pues eso las debilita. La cuerda del bajo y la tercera están hechas de tripa de león, que es más suave y sonora que la de cualquier otro animal. Estas cuerdas son más fuertes que cualesquiera otras y pueden resistir mejor el roce del pico.

Otra de las novedades de Ziryab había sido precisamente ésa, la sustitución del plectro hecho con una púa de madera por otro hecho con pico, garras o plumas de águila, más fuerte y sonoro. También añadió una quinta cuerda al laúd, hacienda su sonido más delicado. El arabista Julián Ribera, al escribir sobre la música andalusí, señaló que las cuatro series de cuerdas del laúd, según los músicos, correspondían a los cuatro humores del cuerpo, el primer par era amarillo, como la bilis, el segundo era rojo por la sangre, el tercero blanco como la flema y el cuarto, el par bajo, negro como el humor melancólico. El par añadido por Ziryab, entre el segundo y el tercero, era rojo.

Ziryab se convirtió en el director de la cultura en la corte cordobesa, fundó una escuela de música (el conservatorio de Córdoba lleva hoy su nombre) e introdujo un buen número de novedades, en el modo de vestir, de comer y en la higiene personal, una de ellas la invención de una pasta de dientes cuyos ingredientes no se han conservado. Además, introdujo grandes novedades en la música y se le considera el creador del estilo llamado hoy andalusí en Marruecos. Su influencia se extendió por todo el mundo occidental, incluido el magrebí, marcando una de las cimas de Alandalús en lo referente a la cultura. Es muestra clara, igualmente, de que en Alandalús el proceso de orientalización había triunfado y que el canon, ya entonces, era el canon propio. Ibn Hazm de Córdoba (994-1064), en el siglo XI, posiblemente la cima andalusí, antes de la pérdida de Toledo en 1085, lo expresará así en El collar de la paloma, según la traducción de Emilio García Gómez:

¡Vete en mal hora, perla de la China!

Me basta a mí con mi rubí de España.

Thursday, October 27, 2022

Teoría y práctica de la lengua española. (Xībānyá yǔ yǔyán tōnglùn) 西班牙语语言通论

 

La editorial de la Universidad de Shanghai acaba de publicar este libro, escrito en colaboración a distancia (ella en Maryland y yo en Jerusalén) con mi antigua y brillante alumna (Beijing 1981) la doctora Xuhua Lucía Liang. Pensamos que hacía falta un libro sobre el español que satisficiera las necesidades que hemos apreciado en cursos en China, conversaciones y lecturas. Por eso hemos hecho un volumen en español, para que se pudiera estudiar el contenido en la lengua de referencia y otro en chino, que no es una simple traducción, sino una adaptación cuidadosa y minuciosamente discutida, teniendo en cuenta los problemas que el contraste entre el chino y el español presenta, para ser utilizado juntamente con el volumen en español. Un volumen, el español, podrá ser utilizado por estudiosos conocedores de esa lengua; pero el conjunto de los dos se dirige específicamente a las necesidades de estudiantes y profesores chinos. Ello nos ha hecho reflexionar sobre algunas cuestiones, reflexiones que se pueden compartir en esta bitácora.

Cooperación es la palabra que quizás defina mejor la intención de los autores, porque éste es un libro para participar. Más allá de la cooperación entre quienes lo escribieron, que siempre se ha dado de manera completa, se trata también de la cooperación de los lectores, de los usuarios de este libro, que está concebido para el trabajo y el esfuerzo conjuntos.

Diecisiete capítulos que contribuyen a que los estudiosos y profesionales que ya tienen un buen conocimiento del español lo amplíen y mejoren, porque están capacitados para ello. Cuando se estudia una lengua, sea la propia o una segunda lengua, quien la estudia se abre al reto del conocimiento lingüístico. Una lengua es un constructo mental, es una estructura en su historia. Además de los aspectos gramaticales, del sistema, como tal, de lo estructural, si se quiere, hay multiplicidad de factores que hacen que cada uno se acerque a la lengua objeto de estudio con distintas preguntas, reflexiones, observaciones, inquietudes. Esa aproximación requiere conocimientos que van más allá de las reglas gramaticales o del mero aprendizaje del léxico. Se supone que los lectores de este libro tienen ya esos conocimientos básicos del español. 

Las lenguas reflejan culturas, porque mediante ellas los hablantes organizan su conocimiento en categorías. Por eso, tras un capítulo inicial de situación de la lengua española en el universo del significado y del símbolo, ocho capítulos tratan de sistematizar unidades, funciones, valores, para permitir una reorganización, siempre basada en textos auténticos, de los conocimientos previos de cada lector, de cada estudioso, sobre la lengua española.

Los cinco capítulos siguientes se dedican en cada caso a un tipo particular de texto: técnico y científico, jurídico administrativo, periodístico y publicitario, humanístico, literario. De esta manera cada lector podrá comparar su propia percepción de estos textos, en su lengua materna o usual, con la presentación de esos textos en español y, si es un hablante nativo, se enfrentará a textos auténticos, con las pertinentes observaciones para colaborar en su comprensión. A menudo los libros de lingüística presentan y analizan ejemplos inventados por sus autores, ejemplos que se originan ya con una orientación determinada. Trabajar sobre textos auténticos, buscar siempre un uso que corresponda a cada aspecto del estudio es más exigente y más iluminador, porque se trata la realidad de la lengua, más allá de lo que un autor pueda crear para defender una idea peculiar.

En la tradición de la lingüística española e hispanoamericana ha estado vigente el estudio conjunto de lengua y literatura, porque la obra literaria es, en primer lugar, un texto, parte de un sistema que el lector conoce y comprende. Por eso, si bien es cierto que el nivel de análisis literario toma después un sendero que se bifurca, el estudio basado en el comentario de textos proporciona un nivel de detalle que ayuda mucho en el análisis. Cuanto mayor es la amplitud de los textos estudiados, mejores serán los resultados de ese análisis. Además, también hay que tener en cuenta que el uso lingüístico tiene distintos registros y a esa estratificación se dedica un capítulo, seguido de los dedicados a la lengua española en su historia y en su geografía, porque el español es una muestra de unidad en la variedad. Por su número de hablantes, por su extensión geográfica, contigua en su mayor parte y por la enorme riqueza cultural que contiene, el español es una lengua internacional de gran demanda.

Esas grandes dimensiones se sujetan con una cierta flexibilidad a la labor normativa de la Asociación de Academias de la Lengua Española, ASALE. Esta institución coordina la labor de todas las Academias, que se suman al trabajo históricamente desarrollado por la Real Academia Española. El español tiene una ortografía y un diccionario. El léxico común del español es casi el 93%, muy superior al de otras lenguas. Las diferencias léxicas pueden servir para entretener a los amantes de las variedades; pero nunca impiden la intercomunicación entre un hablante de la Ciudad de México y uno de Buenos Aires o entre ellos y un colombiano y un español. Las mínimas discrepancias se solucionan inmediatamente.

Por eso es también oportuno señalar que es confuso hablar de un español de España y un español de América, porque las diferencias son regionales, areales, no nacionales o continentales. Un caribeño está lingüísticamente más cerca de un canario e incluso de un sevillano que de un porteño y un hablante del Río de la Plata puede coincidir en algunos usos más con un hispanohablante de Zaragoza, España, que, con otro de Zaragoza, México. Además, la extraordinaria importancia adquirida por los medios de comunicación contribuye a una mayor visión de las diferencias entre áreas dialectales, ciertamente; pero también a la intercomprensión entre los usos lingüísticos de hablantes de todas ellas. De ahí el éxito de las telenovelas, los culebrones, en todo el mundo hispánico, independientemente de su origen o la capacidad de realizar un cine excelente, con mezcla de actores, actrices y productores.

El español es un idioma muy coherente, coherencia que permite la variedad en la unidad, como es natural en una lengua que se habla en un espacio geográfico tan grande y por un número tan elevado de personas. Los lectores de estas páginas pueden echar a veces en falta alguna variedad o alguna construcción que conozcan, bien de lecturas, bien de oídas. Sería pretencioso e imposible pretender que en un limitado número de páginas quepa toda la variedad del español. En varios lugares, especialmente en los ejercicios, se hacen referencias a que las variantes van más allá de lo que en el libro cabe. Lo que se pretende es recoger sobre todo un español normativo, con más flexibilidad en unos puntos que en otros. El español literario es más flexible que el administrativo, por ejemplo. Un anuncio podrá permitirse libertades lingüísticas y adecuaciones al medio al que se dirige, una carta empleará registros más familiares que un trabajo científico, y así en otros casos. Hay hablantes y autores que prefieren usos regionales y otros que los reducen o los evitan. Por eso es recomendable mirar los hechos lingüísticos como parte de una evolución, de una deriva histórica que se refleja en la Geografía y en la Sociología de las lenguas. Para aprender hay que comprender.

Hasta aquí se ha recogido una parte conceptual del contenido del libro en manos del lector o en su pantalla. Parecen oportunas unas reflexiones acerca de su empleo, de cómo trabajar con él.

Ya se dijo que todo lo que se expone o explica se basa en textos, más breves o más largos, según corresponda a cada caso. Esa parte requiere comprensión de los lectores, reflexión. Además, se ofrece una amplia serie de ejercicios. A veces en el interior de algún capítulo, si ha parecido más conveniente, normalmente al final de cada capítulo. Ésta es la parte activa y cooperativa del libro. Para ella hay distintos niveles de cooperación. Si se usa como texto, corresponde a cada profesor seleccionar y orientar los ejercicios. Por ello a veces simplemente se orienta sobre el tipo de ejercicio, no se presentan siempre ejercicios concretos. Se valora mucho el trabajo docente. La doble experiencia de los autores lo impone. Además, los docentes en distintos lugares y de distintas procedencias pueden aportar su particular elección de modelos y normas y abrir posibilidades de reflexión y discusión. El libro también puede estudiarse en sí mismo, fuera de una clase o un curso. Puede hacerse en un seminario, más recomendable, o individualmente. Siempre se encontrarán ayuda y comentarios orientados a hacer el mejor uso, a mejorar el conocimiento, la comprensión. Trabajar sobre el libro garantiza una mejora sensible de los conocimientos sobre la lengua española. Permite también sentirse parte de una comunidad de estudiosos, con una ventaja adicional que nuestra sociedad ofrece: la posibilidad de comunicarse a través de las redes sociales. La misma palabra que inició estos párrafos los termina: cooperación.

Sunday, September 25, 2022

San Agustín, el púnico y su pervivencia en Occidente

Los términos españoles fenicio y púnico provienen, por dos caminos lingüísticos diferentes, del mismo étimo. Originariamente se refieren a la misma adscripción etnolingüística, aunque posteriormente se pueda interpretar la lengua púnica como una variante o evolución de la lengua fenicia. Esa variante sería la utilizada en Cartago (y desde allí también en la Península Ibérica relacionada con fenicios y cartagineses).

Este fenicio-púnico está en Africa desde fecha muy temprana. En la primera mitad del siglo IX a. JC se sitúa la fecha más probable en la que los fenicios fundaron Cartago e introdujeron en el Magreb un segundo grupo de lenguas afro-asiáticas: una lengua semítica, el púnico, que se unía las lenguas camíticas africanas (líbico-bereber) de la región. Si, por comodidad, se establece esa fecha en el 813 a. JC, hasta el establecimiento del árabe como lengua dominante, no antes del 800 d. JC., se estaría hablando de una historia lingüística de cerca de dos mil años, es decir, de una extensión temporal en la cual tuvieron que producirse muchas variaciones, tanto en la introducción y desaparición de lenguas como en la evolución de todas ellas.

La relación de Cartago con los bereberes más cercanos, los númidas, y los más lejanos,  mauri, término que se refiere a los habitantes de lo que hoy es Marruecos, comenzada antes de su derrota por Roma, continuó a pesar de esa derrota. Los historiadores romanos, como Polibio, insisten en una relación conflictiva entre Cartago y estos mauri; pero los datos conservados permiten afirmar que estos enfrentamientos no fueron más allá de los habituales entre pueblos con niveles de cultura y aspiraciones económicas y comerciales muy diferentes. Desde el siglo V a. JC., según el historiador greco-siciliano Diodoro, los cartagineses incorporaron a su ejército, como mercenarios, a bereberes de distintos orígenes, desde los númidas, más próximos, a los más lejanos mauri. Esta circunstancia tiene su importancia lingüística, puesto que, estos mercenarios tuvieron que aprender al menos algo de púnico para poder realizar sus tareas militares. Tito Livio menciona a los distintos grupos de bereberes que formaron parte del ejército de Aníbal que se dirigió a Roma en 218 a. JC. Los detalles se conocen gracias a la grabación ordenada por Aníbal en el santuario de Hera Lacinia. Se sabe también que la presencia de grupos de origen dispar en ese ejército causaba problemas lingüísticos, es decir, que no todos los que luchaban con Cartago tenían el mismo conocimiento del púnico, lo cual es normal, dadas las circunstancias. Hay que añadir que la influencia cartaginesa no se limitó a la incorporación de mercenarios, sino que hay restos arqueológicos de influencia cartaginesa, como señaló Gozalbes-Cravioto, especialmente la ciudad de Tamuda, cerca de Tetuán, en Marruecos, que son restos bien conservados porque, tras su abandono, Tamuda no volvió a habitarse.

Esta lengua púnica estaba, por tanto, bastante difundida en el norte de África y tenía raíces culturales y comerciales fuertes, aunque los datos, por ahora, no permitan considerarla lengua administrativa fuera de Cartago. Por ello se plantea de también de manera nueva el problema de hasta cuándo pervivió y de qué modo.

En 1988 Cox recogió las distintas conclusiones de los investigadores sobre los testimonios tardíos del púnico desde dos premisas fundamentales: que la pervivencia de una lengua no depende de la alfabetización de sus hablantes y que se trata efectivamente de púnico, no de un criollo púnico-bereber o púnico-latino.

En los años cincuenta, en el mundo cultural francés, tuvo eco una discusión que, como se verá inmediatamente, carecía de sentido, porque investigaciones desconocidas por los polemistas habían dejado la cuestión bastante clara. En 1950 Courtois se manifestó en esa discusión francesa contra la interpretación de los textos de San Agustín como prueba de pervivencia del púnico en el siglo V, mientras que, en 1953, su oponente, Saumagne, lo hizo a favor. Sin embargo, en un trabajo publicado en 1951, la cuestión había sido resuelta por Green, desconocido por los otros dos investigadores. Green había realizado una pesquisa mucho más exhaustiva y clara, en el sentido de que San Agustín testimonia la pervivencia y hace uso de la lengua tanto para la interpretación de algún pasaje bíblico como para comentarios más coloquiales o juegos de palabras. Encontró veintidós casos en los que el santo se refiere al púnico en textos de cierta entidad.

Puede recogerse un fragmento de una carta a Crispino, un obispo donatista que, tras haber comprado una finca cerca de Hipona, la ciudad la ciudad de la que fue obispo y donde falleció San Agustín, obligó a sus colonos católicos a volver a bautizarse como donatistas. Se trata de decidir si esos colonos aceptaron la nueva adscripción religiosa por su propia voluntad y para ello propone un debate y que lo que se discuta se ponga por escrito y se firme, con traducción al púnico, para que los colonos puedan elegir sin miedo lo que quisieren. La implicación lingüística es clara: los dos obispos se expresan oralmente y por escrito en latín, lengua que entendería parte de la población; pero, para otra parte de la población, era necesario traducir lo dicho al púnico, puesto que su conocimiento del latín no sería suficiente para comprenderlo con claridad. Había personas que manejaban ambas lenguas, podían traducir de una a otra, y personas que sólo se manejaban o, al menos, sólo se manejaban bien en una de ellas.

Otros textos, como una carta al obispo donatista de Hipona, Macrobio (Epist. 108, 14; CSEL 34:2, 628), corroboran la idea de que San Agustín era consciente de que, incluso entre los sacerdotes católicos, en los que se suponía un cierto conocimiento del latín, podían encontrarse algunos que no se expresaran con suficiente fluidez en esa lengua y tuvieran que recurrir al púnico. Macrobio, por cierto, sólo hablaba y escribía latín.  Incluso, cuando fue necesario nombrar un obispo católico en Fussala, localidad a cierta distancia de Hipona donde había habido enfrentamientos entre donatistas y cristianos, San Agustín eligió un presbítero que hablaba esa lengua y lo hizo constar así en los requisitos para el puesto.

            En otros lugares, como el tratado temprano, de 389, De Magistro, se encuentran testimonios, como una discusión entre el santo y su hijo Adeodato sobre la correcta interpretación de una palabra púnica. Aunque Adeodato propone recurrir a alguien más versado en púnico, para zanjar la discusión, es claro que padre e hijo tenían el suficiente interés y conocimiento del púnico para poder discutir sobre aspectos léxico-semánticos. En otros muchos lugares se han encontrado referencias a vocablos y su significado, en cuyo estudio San Agustín utilizó el conocimiento del púnico. Puede decirse que San Agustín establece una relación interesante entre los Afri y la lengua púnica y los Mauri y el bereber. Al menos en dos lugares él se consideró Afer: contra litteras Petiliani (400/3), 3:29 “eo quod Afer sum”; 3,31 “quia et Afer sum”. 

Tiene sentido también, a la luz de la relación entre San Jerónimo (c. 340 – 420), el traductor de la Biblia al latín y San Agustín (354-430), la afirmación de que, para el segundo, la lingua púnica unía su mundo vital africano con su mundo espiritual, bíblico.  También se explica, mediante el análisis de textos de un autor donatista, Tyconius, que la obra de este autor puede demostrar la existencia de una tradición “púnica” de interpretación bíblica. Estos datos se refuerzan para los siglos III al V, con los estudios de Fernández Ardanaz  e incluso se extienden a siglos posteriores. Así, para el siglo VI, cita el testimonio de Procopio, historiador bizantino que, en su narración de la guerra de Justiniano contra los vándalos, escribe: “la descendencia de los fenicios sigue viva y habla todavía hoy la lengua de los fenicios”. Se refiere a la zona de Fussala para la que San Agustín había señalado la conservación del púnico y nombrado un obispo que hablaba esta lengua. Otro testimonio del siglo VI es el del gramático Prisciano, quien no sólo escribe de etimologías púnicas, sino que afirma que se usaba el púnico en su tiempo y además lo relaciona con las lenguas semíticas de su grupo, caldeo, sirio-aramaico y hebreo.

Mas esta pervivencia durante algo más de tiempo no impidió la desaparición del púnico, ni afectó sustancialmente el destino de las tres lenguas que permanecieron más tiempo: latín y sus variantes afrorrománicas, hasta quizás el siglo XII, en usos restringidos y, hasta hoy, bereber y árabe.

Monday, August 1, 2022

Desarrollo y cambio de las lenguas

Es un hecho comprobado que, a lo largo del tiempo, las lenguas cambian. Este proceso, conocido técnicamente como diacronía lingüística, corresponde a lo esperable en un universo donde todo cambia. La vieja discusión entre la primacía del ser (Parménides) o la evidencia del cambio (Heráclito), aquello de que no podemos bañarnos dos veces en el mismo río, porque ya no es el mismo, se puede aplicar a las lenguas. Incluso cuando conservan, miles de años después, el mismo nombre, una breve consideración de las diferencias estructurales nos indica, sin lugar a dudas, que ya no se trata, fuera del nombre, de la misma lengua. Cuando ya han dejado de usarse normalmente (socialmente) en el intercambio diario de los hablantes, la metáfora biologicista se encargaba de darles el nombre de lenguas muertas. Esa metáfora ya se discutió en un cuaderno anterior y un repaso a la realidad de esa supuesta "muerte" deja claro que cualquier parecido con la muerte biológica es exagerado e inexacto. Tómese, por ejemplo, el caso del anglosajón, para no hablar siempre del latín (un muerto que goza de buena salud). Se supone que la derrota de los anglosajones en la batalla de Hastings y el inicio de la conquista normanda en 1066 sentenciaron al anglosajón, que sería sustituido por el inglés, el resultado de esos más de mil años en los que los ingleses intentaron hablar francés. Bromas aparte, está claro que el inglés actual es muy diferente del anglosajón y que generalmente se considera que esta lengua (también llamada Middle English en su última etapa) dejó de ser usada a finales del siglo XV.  Naturalmente, no faltan autores que niegan la muerte de esa lengua, que seguiría "viviendo", transformada en el inglés actual; pero lo cierto es que a partir de finales del siglo XV ya no fue posible conversar en ese idioma, que dejó de ser comprensible. 

¿Qué sentido tiene entonces que un hombre teóricamente de otro ámbito y tiempo lingüístico y cultural eligiera el anglosajón para su epitafio? Se trata de Jorge Luis Borges (1899-1986), el gran autor argentino, en cuya tumba, en el cementerio ginebrino de Plain Palais, se levanta una piedra con su epitafio. En una de las caras de la piedra aparece una cita del poema anglosajón del siglo X, La batalla de Maldon: "…and ne forhtedon na” ('y que no temieran').  Es un testimonio de que la lengua sigue activa en el pensamiento del autor, que la elige para comunicarse más allá. Borges se une a los guerreros representados en esa cara de la piedra y comparte con ellos la marcha sin temor hacia las postrimerías, precisamente mediante el uso de su idioma.  Puede decirse, en cierto sentido, que dialoga entre ellos y nosotros.

Las lenguas pueden aparecer y desaparecer a lo largo de su historia, es decir, los hablantes pueden elegir utilizarlas o no. En esa reutilización pueden introducir nuevos elementos, términos que corresponden a objetos que no existían en períodos anteriores de la historia. La persona que utilice un cajero automático de la Plaza del Vaticano puede elegir hacer las operaciones bancarias en varias lenguas, el latín entre ellas.  La historia de las lenguas no se abrevia, como la vida de las personas, entre dos fechas. No hay límite para la diacronía.

De gran interés en los estudios diacrónicos es lo que sucede cuando se produce un contacto entre hablantes que usan lenguas distintas y una de esas lenguas acaba imponiéndose como la lengua del conjunto. Es algo que ocurre con mucha frecuencia. A veces un número muy pequeño de lenguas se impone sobre un territorio enorme, donde antes de esas lenguas dominadoras se hablaban muchas, de las cuales pueden quedar vestigios mayores o menores. Es el caso de América, donde español, inglés, portugués y francés se reparten la práctica totalidad del territorio y sólo la última de ellas pudiera tener menos hablantes que la primera de las lenguas indoamericanas o pre-europeas. En la historia de España en una época el árabe pasó a ser la lengua dominante en la mayor parte de la Península Ibérica. Estos procesos no se realizan en una o en dos generaciones, hacen falta al menos tres para producir un cambio tan completo. Cuando se inició la independencia de las naciones iberoamericanas, sólo la tercera parte de sus habitantes utilizaba habitualmente la lengua europea correspondiente. La independencia y la aplicación del ideal revolucionario de la igualdad educativa impuso el español, por limitarnos a la más hablada en el continente. Siglos antes, en el caso de Alandalús, no se puede pensar que en 711 la vida cambiara por completo. Ciento cincuenta años después todavía no está nada claro que se hubiera producido la arabización con carácter general y es bastante probable que hasta el siglo XII todavía se usaran restos de la evolución del latín, el romance andalusí, en zonas dominadas por los musulmanes desde hacía, teóricamente, cuatro siglos o más. Cuando en 1492 terminó el dominio político musulmán en la Península Ibérica, muchos miles de personas siguieron hablando árabe hasta que fueron expulsadas a principios del siglo XVII, con mayor o menor grado de bilingüismo. Cervantes proporciona un ejemplo bien conocido, sin ir más lejos.

Los estudiosos del cambio aceptaron pronto el concepto de diglosia, por el cual una variedad de una lengua se imponía como variante culta y otra u otras se restringían a usos menores. Ésa era la teoría originaria, bien aplicada al árabe, como la desarrolló Ferguson. La extensión de esa teoría al ámbito del contacto entre dos lenguas distintas, una de las cuales sería la A o preferida y otra la B o minorizada, planteada por Fishman, resulta más insegura. Parece más interesante seguir planteamientos aplicados  por Federico Corriente al contacto del latín y sus descendientes y el árabe en la Península Ibérica. Lo define como un continuo lingüístico en cuyos extremos estuvieran las variantes cultas usadas por los hablantes de las lenguas en contacto. Así, el grado máximo de dominio lingüístico correspondería a un hablante que fuera capaz de hablar y escribir en árabe y en latín. Esos modelos extremos de conocimiento de latín y de árabe, necesariamente, tuvieron que ser minoritarios. Sería mucho más normal que muchos hablantes pudieran usar formas más dialectales del árabe y del latín, que en este caso serían ya formas pre-románicas, antecesoras de las futuras lenguas románicas, como castellano, gallego-portugués y catalán. Poco a poco el más débil, es decir, el menos usado de los extremos fue desapareciendo y se fortaleció el uso del otro. Los ejemplos son constantes y no hay que reducirse al continuo árabo-latino para ello. Algo similar sucede entre el español y el inglés en los Estados Unidos, donde el recurso a presentaciones diglósicas explica mucho menos que la consideración de un continuo entre un inglés y un español normativos, correctos o cultos, como queramos llamarlos, en cada extremo. Las mezclas intermedias pueden recibir muchos nombres; pero la intención primera es siempre la de hablar al menos una de las dos lenguas cultas que conforman un extremo. Cuando uno de ellos pierde importancia, porque decae su uso social, el otro se refuerza hasta terminar absorbiendo el conjunto y la lengua del extremo debilitado deja de usarse. Un uso adecuado de lo que la diacronía nos enseña contribuye a comprender qué está ocurriendo en la sincronía.


Wednesday, July 13, 2022

Las lenguas como estructuras y el mito biologicista


Con la experiencia, al lingüista le sorprenden muy pocas cosas; pero llama la atención la persistencia en el error biologicista. Es muy probable que fuera Darwin, sin pretenderlo, el originador de esta tendencia interpretativa. En una obra tardía, The Descent of man (1871, p. 40), afirmaba que «tienen un curioso paralelo la formación de lenguas diferentes y especies distintas y las pruebas de que ambas se han desarrollado en un proceso gradual». Lo más razonable es pensar que Darwin intuyera una regla general del cambio y nada más, porque las diferencias entre los procesos biológicos y los cambios lingüísticos son enormes.

Las lenguas no son organismos vivos, no viven y mueren, son estructuras mentales usadas por un solo tipo de organismos vivos, los seres humanos. En el momento en el que una lengua está codificada, fijada, puede recuperarse y usarse cuando un grupo humano quiera. Cuando se habla de codificación quiere decirse, en términos sencillos, su fijación, generalmente por escrito, en gramáticas y diccionarios y, más todavía, en textos de diversos tipos, como los literarios o científicos. Por eso se han podido volver a usar el hebreo o el irlandés o se puede seguir usando el latín. Por eso se han revitalizado otras lenguas, que no habían dejado de hablarse; pero que tenían un ámbito de uso mucho más reducido, como puede ser el caso del vascuence. En América esta revitalización afecta a grandes lenguas indoeuropeas, como ocurre con el francés en el Canadá o como está sucediendo con el español en los Estados Unidos y en el Brasil (con diferencias en cada caso). Puede haber un componente de artificialidad en esto, como ocurre en el caso del vascuence y otras lenguas: cuando se reutiliza una lengua a partir de su codificación, se pierden aquellos aspectos no bien codificados, como los dialectos.

En consecuencia, hablar o dejar de hablar una lengua depende de la libertad humana. Esa libertad puede ejercerse sin cortapisas o puede verse sometida a límites, como la libertad de expresión o la de residencia. En la historia abundan los casos de lenguas que se han prohibido; pero son más los casos de lenguas que dejaron de hablar sus usuarios, simplemente porque les interesaba más otra cosa o porque fueron eligiendo entre distintas variantes, cada vez más alejadas de la estructura original: es lo que pasó con el francés o el castellano respecto al latín, un cambio en la selección de estructuras.

Todas las lenguas y dialectos que se hablan en el mundo y que se han hablado proceden de un rasgo común a la especie humana, su capacidad de lenguaje. En el fondo, por tanto, todas las lenguas y dialectos no son sino variantes de una estructura básica, común a todas. Esto no quiere decir, necesariamente, que haya habido una lengua común originaria de la que derivaron sucesivamente todas. La unidad es de carácter estructural. Quizás los primeros miembros de la especie humana tuvieron una lengua, origen de las sucesivas. Lo que está claro es que esa teórica lengua común, de haber existido, sería, de facto, una lengua muy reducida en su léxico, por ejemplo, por el escaso conocimiento del mundo que podían tener entonces sus hablantes. Con todas sus limitaciones en esa lengua concreta (y, en realidad, en todas) recuérdese que la capacidad de lenguaje permite una recursividad continua. Es decir, a partir de una estructura, pueden ampliarse y modificarse esa estructura y sus elementos, indefinidamente. Se entiende el término estructura en el sentido matemático de un conjunto con una operación. La estructura lingüística queda definida por un léxico y unas reglas. Por ello puede decirse, en términos estructurales, que todas las lenguas son simplemente variaciones y permutaciones de una única estructura, que no se realiza en ninguna lengua ni se puede realizar de manera plena. 

Más todavía, las lenguas no están codificadas en el cerebro de manera ni remotamente parecida a cómo las codifican los gramáticos o lingüistas en sus libros. Una gramática no es una representación mental de una lengua, no es sino el resultado de utilizar la lengua para estudiar o, lo que es lo mismo, categorizar la lengua: usar una lengua para hablar de una lengua, la misma u otra. A eso es a lo que se llama «metalingüística»; pero los seres humanos no tienen otra posibilidad, porque su instrumento de categorización y de comunicación es el lenguaje, estructurado en lenguas concretas.

El lingüista tiene que defender profesionalmente la pervivencia de las lenguas, porque lo contrario sería reducir el mercado de trabajo de su profesión. El filólogo, "estudioso del concepto", no tiene más remedio que reconocer que lo que importa es que se hable, es decir, que se categorice el mundo y se comunique en una lengua, porque todas las lenguas son iguales (lo mismo da una estructura que otra, aunque aparentemente sean tan distintas como las del chino y el turco), aunque no todas sean igual de útiles.

Cuando una comunidad siente que esa lengua ya no le es útil, simplemente la cambia y debe ser libre para hacerlo. Otra cosa es tiranía. Las lenguas no mueren, ni viven; viven y mueren los hablantes, los seres humanos. Hay que dejarse de esas expresiones biologicistas, son patrañas que buscan confundir a la gente y que arrancan de un uso confuso y abusivo de la metáfora. Tomando una cita del profesor  Jorge Urrutia, puede decirse que hay una libertad y permisividad en el uso de la metáfora "siempre que no se confunda el término metafórico con el metaforizado". La metáfora es una figura retórica, no un procedimiento analítico.


El hombre puede reflexionar sobre mismo y trascender esa reflexión gracias al lenguaje; pero la confusión del lenguaje con la realidad del pensamiento es ilusoria, porque los hombres mueren y las lenguas cambian. Sólo usando el lenguaje para hablar del lenguaje puede el hombre acercarse a la interpretación lingüística y, al hacerlo, crea nuevas categorías. Se trata, como se dijo,  de la actividad metalingüística. La lengua que hablamos no es las categorías que describimos; pero sin categorías que podamos expresar por medio de las lenguas no entendemos el lenguaje, ni el mundo. Joseph Greenberg, uno de los grandes tipólogos y comparatistas modernos, lo captó perfectamente cuando afirmó (1971, justamente un siglo después del texto de Darwin citado antes) que «Distinguimos entre la evidencia de la verdad de un hecho y las teorías designadas para dar cuenta de ese hecho». 

Así pues, hay una realidad y hay un lenguaje. La primera proporciona un tipo de información, que arranca de algo externo al individuo. El segundo permite un análisis de cómo se conforma internamente esa realidad en estructuras que se llaman lenguas y que se van alterando y redefiniendo en el tiempo. A ese desarrollo y cambio en el tiempo es a lo que se llama diacronía lingüística. Quede para otra entrada de este cuaderno.


La fotografía de Joseph Greenberg: By http://www.nasonline.org/publications/biographical-memoirs/memoir-pdfs/greenberg-joseph.pdf, Fair use, https://en.wikipedia.org/w/index.php?curid=65092903