Friday, January 8, 2016

Algunas realidades del español de los Estados Unidos de América y el mito del spanglish.



Formación territorial de los EUA

Un diccionario enciclopédico proporcionará una definición de los Estados Unidos de América de un tenor parecido a éste: “República norteamericana con costas en el Atlántico y el Pacífico, compuesta por cincuenta estados, cuarenta y ocho de ellos contiguos en Norteamérica, más Alaska en el noroeste de ese continente, las Islas Hawai en el Océano Pacífico y varios territorios isleños en el Caribe y el Pacífico. Logró su independencia en 1776.” Y podrá añadir, como sinónimos: EEUU, EUA, US, U.S., USA, U.S.A.

Julio Camba (1884-1962)
De hecho, la creación de un gentilicio, como ya trató con humor Julio Camba, ha sido siempre un problema: americanos son todos en el continente, norteamericanos son también los canadienses (si los mexicanos son centro americanos), estadounidenses es aplicable también a los ciudadanos de los Estados Unidos Mexicanos, o de los Estados Unidos del Brasil, entre otros. Usanos no deja de ser una propuesta irónica. Gringos es una palabra española del siglo XVIII,  recogida en el tomo II del Diccionario Castellano de Esteban de Terceros y Pando en 1767: “gringos llaman en Málaga a los extranjeros, que tienen cierta especie de acento, que los priva de una locución fácil y natural castellana; y en Madrid dan el mismo, y por la misma causa con particularidad a los Irlandeses”. Pero ni se aplica exclusivamente a los norteamericanos ni es un gentilicio. Sería una deformación de griego, como “lengua ininteligible”, igual que hoy se dice “esto para mí es chino” (en alemán, curiosamente, para que nadie se agrande: das kommt Spanisch mir vor).

Territorios de la Nueva España hoy parte de los EUA
Ese mismo diccionario enciclopédico seguirá explicando que las colonias que se independizaron lo hicieron de Gran Bretaña y señalará como los dos momentos fundamentales de su historia la Guerra Civil, en el siglo XIX, y la Gran Depresión, en el siglo XX. No recordará que más de la mitad del territorio norteamericano nunca fue colonia británica, sino francesa y, sobre todo, parte del virreinato de la Nueva España, que se independizó como México y que perdió más de la mitad de su territorio original, cedido a los Estados Unidos de Norteamérica por el tratado de Guadalupe Hidalgo (2 de febrero de 1848): unos dos millones trescientos mil km2, el equivalente de la superficie conjunta de Portugal, España, Francia, el Reino Unido, Alemania, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Hungría, Suiza, Croacia e  Italia. Se reparten entre los estados de California, Nevada, Utah, Arizona, Nuevo México, Tejas, y parte de Colorado y Wyoming.

San Antonio, TX
Sólo los hispanos que viven en los Estados Unidos y que se mueven en las esferas de decisión saben lo que realmente cuesta hacer que los anglos admitan de manera natural (no por reflexión intelectual o convencimiento político) cosas tan, reitérese, naturales como que antes del primer alcalde anglo de San Antonio, Tejas (y se podrían poner aquí cientos de nombres de lugares) hubo otros muchos alcaldes, igualmente legítimos, durante más de cien años en muchos casos; pero que no eran anglos, sino hispanos o, mejor, españoles de Ultramar. Los territorios cedidos en el Tratado habían formado parte del México independiente durante menos de treinta años, en muchos casos de modo nominal, y antes fueron parte de los reinos de España (nunca colonias, como se dice, también por influjo anglo) durante doscientos.

Es indiscutible que en los EUA se realiza un enorme esfuerzo para recuperar la Herencia Histórica,  Historical Heritage; pero la necesidad de que se haga ese esfuerzo consciente delata que no forma parte de la comprensión espontánea que la población tiene de su propio pasado. Hay, cómo no, movimientos intelectuales y sociales hispanos, más o menos reivindicatorios, algunos mucho, a la espera de la emergencia de Aztlán, la tierra perdida; pero la masa social vive al margen de ellos. Hay frases acuñadas que ilustran esta actitud: “no somos inmigrantes en esta tierra, somos migrantes en nuestra propia tierra”; mas no pasan de gestos que, para pervivir, han de contar con el apoyo de una sociedad que se mueve, en las esferas de decisión, dentro de las pautas de una tradición anglosajona, si bien está compuesta por personas de múltiples orígenes. Ni que decir tiene que esperar la reconquista mexicana de los territorios virreinales que hoy forman parte de los EUA es, para la mayoría de los habitantes hispanos de esos estados, como mínimo, un sueño, en el peor de los casos una pesadilla. 

Cuando las cosas parece que se desvían, surgen voces como la del profesor de Harvard, Samuel P. Huntington, quien inició su polémico trabajo, “El reto hispano”, con unas palabras que no dejan lugar a dudas: “El flujo persistente de inmigrantes hispanos amenaza con dividir los Estados Unidos en dos pueblos, dos culturas y dos lenguas.” Claro que provocó duras reacciones dentro y fuera de los Estados Unidos; pero en muchos casos esas reacciones lo que demostraron es que la posibilidad de argumentar como Huntington, con argumentos histórico-sociales, existe. Puede considerarse incluso como una reacción de identidad, posiblemente favorecida por las numerosas veces en las que los escritores latinos se refieren a un futuro latino de los Estados Unidos. En ambos lados hay una sensación de amenaza, que se sobrepone al conocimiento de que las sociedades cambian porque quienes las componen piensan y actúan de otra manera, según sus necesidades.


En los Estados Unidos de principios del siglo XX hacía falta mano de obra para las comunicaciones, sobre todo los ferrocarriles, y para la agricultura. Se envió personal a México para reclutar esos trabajadores. Cuando, en los años cuarenta, el desarrollo de la agricultura estacional requirió la presencia de braceros mexicanos se puso en pie el proyecto llamado precisamente Bracero, que se ocupaba de una inmigración mexicana organizada. La actitud hacia estos trabajadores era muy diversa de la actual. Entre Ciudad Juárez y El Paso se tiende el puente de Santa Fe, símbolo hoy de separación, pero entonces, en cambio, punto de ingreso en los EUA de obreros mexicanos a los que esperaban atractivas ofertas de trabajo. Los norteamericanos, por supuesto, no trataban de pagar ninguna supuesta deuda histórica de la anexión de parte de la Nueva España, tenían trabajo y necesitaban mano de obra. Los mexicanos necesitaban trabajo y dinero, no iban de reconquista. El reajuste había sido natural, sin que nadie reinventara una historia inexistente y sin errores. A principios del siglo XXI los Estados Unidos son un país muy diverso, muy multilingüe en su periferia social, monoglósico en su núcleo. La inmigración de hispanohablantes no alcanza la mayoría. Es muy posible que se compense por la inmigración ilegal y temporal. Porque la impermeabilidad de la frontera es otro mito. Hay infinidad de procedimientos por los cuales muchos sin papeles viajan al Sur con cierta regularidad para ver a sus familias.

La otra dimensión que se debe añadir, sin duda, es la local. En un país tan fuertemente localista, las hablas locales tienen excepcional importancia. El absurdo invento del spanglish sólo puede prosperar por esa tendencia, la de que “así se habla aquí, así hablamos nosotros”, apoyada en los mecanismos de economía cultural que hacen factible la pervivencia incluso literaria, es decir, la creación de una infracultura del gueto hispano, en la que quienes mueven los hilos se sienten felices del poder que ejercen. Lo peor es cuando esta tendencia se ve apoyada por los organismos oficiales. Por lo que cuentan los alumnos de español de UTSA, la DEA, la poderosa agencia antidroga, contrata cada año a varios de ellos. La constante es que cuando alguno habla muy bien el español, automáticamente lo rechazan, lo que les interesa es gente que hable las variedades de la frontera, alguien que se sienta fuera de las normas. Ignoran que una persona puede manejar muy bien diversas variables y que elegir a los más limitados no es elegir a los mejores; pero obedecen así a  una poderosa tendencia localista.

Sólo hay otra comunidad hispana que, históricamente, haya vivido en el gueto, la judeo-española o sefardí. También desarrollaron sus variantes locales, con proyección literaria. En la actualidad, el judeo-español o ladino ha sido desplazado por el español general, que es la lengua usada por los sefardíes para las comunicaciones con los restantes hispanohablantes. Porque hay otro tipo de intereses, más fuertes: una comunidad hispana en los EUA cuya proyección lingüística sea sólo interior, que no se pueda comunicar en español con el mundo hispánico, por no alcanzarse la intercomprensión, es una cultura condenada a la diglosia B de Fishman, es decir, a manejar un código lingüístico insuficiente para la comunicación superior, reservada al inglés. Se preservan las fronteras, se preserva el mercado interno, al externo siempre se puede acceder por el otro canal, el del español normativo, estándar. ¿A quién puede interesar eso? Desde luego, no a los hispanos.

¿Dónde está entonces la posibilidad de acción, centrados en la lengua? La respuesta es clara: en la escuela, en la educación, en lo cultural, ampliamente considerado. Nótese, para evitar triunfalismos, que si bien las cifras de la educación secundaria e incluso primaria crecen, las tesis doctorales y las últimas etapas de la educación superior no registran movimientos significativos. Un avance cuantitativo que no vaya acompañado de uno cualitativo interesa poco. Ninguna ganancia es despreciable; pero el prestigio es un elemento comercial de mucha importancia y en el comercio de la lengua es mucho más importante, porque se trata de un intangible.  En el terreno cualitativo, las bases del español en los Estados Unidos son tres, los restos del español virreinal, las variantes caribeñas (Puerto Rico y Cuba, históricamente) y las hablas mexicanas, sobre todo de los dialectos del norte. En el terreno cuantitativo, el español en los Estados Unidos, con su polimorfismo y sus numerosas variantes, muy lejanas de un spanglish inventado por publicistas avivados, depende de la actitud de los países hispánicos. Si desde esos países se lograra que esa cantidad se acompañara de calidad, si se cuidara el español con acento espiritual hispano, independientemente de su realización fonética, ésa sería la línea de futuro. La voz cantante depende del conjunto de la comunidad hispanohablante, en la que tiene mucho que decir la España cultural, en el más amplio sentido, es decir, también industrial, comercial, económica.

Debilidades
Amenazas
Fortalezas
Oportunidades
Escaso prestigio del español culturalmente, en el conjunto de la sociedad norteamericana.
Prestigio y valor constantes del inglés como primera lengua internacional y lengua de las estructuras sociales superiores.
Fuerte conciencia de raza hispana.
Un mercado interno amplio.
Difícil penetración en el mercado interno.
Los propios padres de los niños en edad escolar, que saben lo imprescindible que es dominar la lengua inglesa para triunfar en la sociedad.
Grupos sociales consistentes en las ciudades.
Fuerte presencia del español en la escuela secundaria.
Escaso interés por la cultura, preferencia por el trabajo inmediato.
Las tendencias localistas y los guetos.
Gran papel cohesionador de la Iglesia Católica y buena actitud interconfesional.
Necesidad del español en los servicios públicos.

Este texto forma parte de la serie dedicada a la Lingüística y sus mitos, que consta ya de:
Mitología de las lenguas en general, el mito biologicista,
Un mito etnolingüístico: la palabra moro,
El latín africano y el mito del beréber irredento,
El mito del vascuence o euskera como lengua prerromana en Hispania,
Un juego, números y el mito vasco de pureza lingüística.
Los apellidos vascos, realidad y mito.
Expresiones lingüísticas de los mitos étnicos

a los que se podrían añadir:

¿Desciende la curva de los estudios de español en los EUA? (sobre algunos mitos del español de los Estados Unidos),
Lingüística y Pragmática,
Etimologías populares,
e incluso

Identidades árabes y musulmanas en la obra de Miguel de Cervantes.