Friday, May 1, 2026

Americanismo etimológico, americanidad referencial y léxico indiano en las raíces del español de los Estados Unidos

La lengua española castellana moderna se conformó a finales del siglo XV y en el siglo XVI. Esa evolución coincidió con la expansión transatlántica de los reinos de España. Hablamos de reinos porque desde el punto de vista político, las Españas eran una constelación de unidades históricas enlazadas por un empeño común, una vinculación religiosa y un anhelo de unidad en la diversidad. Por eso no se desarrolló una política lingüística de imposición, ni en Europa, ni en las Indias Occidentales, tras unos primeros momentos dubitativos, que acabaron muy pronto. Las grandes lenguas indígenas, como lenguas generales en los respectivos virreinatos, mantuvieron su valor de comunicación, en el ámbito familiar y en el religioso. Cuando los virreinatos se independizaron, en 1821, sólo un tercio de sus habitantes hablaba español. La imposición de una lengua común, en una legislación basada en los principios de la Ilustración, correspondió a las nuevas repúblicas.
Cuando nos planteamos lo que ocurrió, política y lingüísticamente en la frontera Norte de la Nueva España, debemos tener en cuenta esa configuración de la monarquía de los Habsburgo, la Casa de Austria, y los cambios que, desde 1713, se impusieron como consecuencia del cambio de dinastía, la borbónica, con especial incidencia en lo que hoy es el territorio norteamericano. El español de los Estados Unidos tiene sus raíces en la conquista y la configuración virreinales del Norte y en el desarrollo de la población y de las misiones del siglo XVIII. El término Norte (o Frontera Norte) caracterizaba, en la Nueva España de entonces, al norte de su territorio, incorporado en 1848 por los Estados Unidos mediante el llamado Tratado de Paz, Amistad, Límites y Arreglo Definitivo entre los Estados Unidos Mexicanos y los Estados Unidos de América, es decir, el Tratado de Guadalupe Hidalgo, por el que México cedió a los Estados Unidos más de la mitad de su territorio. Nihil nouum sub sole. Es por ello necesario estudiar cómo era ese español del Norte, antes de 1848. Para ello disponemos de fuentes variadas que, en trabajos anteriores, hemos dividido en estos grupos: la documentación escrita en español, el español en las lenguas indoamericanas y la imagen de los europeos en el arte rupestre histórico. El apartado documental es posiblemente el más extenso; incluye diversos tipos de documentos, desde informes militares y administrativos hasta textos misioneros y obras literarias. De una de estas últimas, que, en una interpretación amplia, posiblemente sea la obra literaria más antigua del español de los Estados Unidos, pasamos a ocuparnos hoy.

Gaspar Pérez de Villagrá (1555–1620) fue un soldado, funcionario y escritor nacido en la Nueva España, en Puebla de los Ángeles. Sus circunstancias familiares le permitieron estudiar en Salamanca. Regresó pronto a las Indias y participó en la expedición de Juan de Oñate al norte, hacia lo que hoy es Nuevo México. A partir de esa experiencia compuso una obra en verso, Historia de la Nueva México, publicada en España en 1610. En ese largo poema se relatan la entrada, los trabajos del viaje, los enfrentamientos con los pueblos indígenas y la fundación del nuevo asentamiento virreinal. Esta obra es uno de los testimonios más tempranos sobre el área que hoy llamamos Nuevo México, un territorio que obtuvo la condición de estado de la Unión en 1912. La Historia de la Nueva México no es una crónica, sino una obra en verso extensa, organizada en cantos, en la que la historia, la memoria personal y la ambición literaria se entrelazan. Su título la presenta como Historia de la Nueva Mexico y está compuesta en endecasílabos blancos (sin rima) y dividida en treinta y cuatro cantos narrativos. Aunque la obra nació dentro del horizonte de la conquista de las Indias, hoy se lee también como un documento histórico y cultural de gran valor: permite asomarse a la lengua, la imaginación y las tensiones del mundo virreinal temprano. La crítica reciente ha subrayado, además, que Pérez de Villagrá no fue sólo un propagandista de la empresa virreinal, sino un autor más complejo, cuya escritura deja ver conflictos, esfuerzos y fisuras del propio proyecto de expansión.

La Historia de la Nueva Mexico de Gaspar Pérez de Villagrá es un texto amplio y, en esta aproximación, nos limitaremos a algunos rasgos del vocabulario. Un primer acercamiento formal al léxico del texto, realizado con ChatGPT 5.3, permite determinar que está compuesto por 10.438 formas gráficas procesadas, que corresponden a 7.599 lemas. La separación de los nombres propios y una revisión manual de ese lemario permitirán una reducción; pero eso no es determinante para este estudio. En ese léxico, trataremos, en primer lugar, de establecer lo que pueda considerarse un componente de americanidad. Para ello, se propone distinguir con claridad entre americanismo etimológico, americanidad referencial y léxico indiano de uso, porque las tres categorías no coinciden necesariamente y, si se confunden, se falsean tanto la descripción lingüística como la interpretación histórica del texto. El poema documenta voces como bejucos y macanas en la descripción de armas indígenas, canoas en el episodio de la nave francesa, maiz y frisol en la enumeración agrícola, tuna en el relato simbólico de la fundación mexicana y armadillo en una serie de fauna comestible. Ese conjunto, precisamente por su heterogeneidad, obliga a distinguir entre planos analíticos. Por ejemplo, en el episodio que documenta el vocablo canoas, Villagrá refiere que una nave francesa, desviada por una tormenta, llega a “estas tierras peregrinas”. Algunos tripulantes bajan en un esquife para reconocer la costa y descubren una ensenada con dos grandes ciudades. Desde ellas salen muchos vecinos “En prolongados varcos, o canoas, / Las popas y las proas aforradas, / Al parecer en planchas de oro bajo”; capturan a los franceses y los llevan ante un rey, que primero los hospeda bien. El conflicto surge cuando uno de los franceses falta al decoro con una mujer indígena; entonces el rey, indignado, ordena expulsarlos, aunque les devuelve el esquife abastecido para que regresen a su nave y vuelvan a Francia.

Americanismo etimológico es el término asignado a la voz cuya procedencia histórica remite a una lengua indígena americana o a una formación léxica americana inequívoca incorporada al español. En ese sentido, maíz aparece en el DLE como voz del taíno mahís; canoa, también como voz de origen taíno; bejuco, como voz de origen caribe; y macana, igualmente como voz de origen americano o caribe, según la tradición académica. Esas voces son americanismos en sentido fuerte, porque su americanidad no depende sólo del objeto designado ni del lugar donde se usan, sino también de la propia historia de la palabra. Distinta es la americanidad referencial. Una palabra puede designar una realidad americana y, sin embargo, no ser un americanismo etimológico. El ejemplo más claro es armadillo: el DLE lo deriva de armado + -illo; por tanto, no es un préstamo indígena, aunque designe un animal americano. Lo mismo vale, en principio, para otras voces del poema de estructura patrimonial o romance aplicadas a referidos americanos. Desde el punto de vista del contenido cultural del texto, esas palabras son fundamentales; desde el punto de vista etimológico, no deben contarse en el mismo inventario que maíz o canoa. Si no se mantiene esa diferencia, el repertorio de “americanismos” se infla artificialmente con voces que en realidad pertenecen al caudal general del español.

La tercera categoría, el léxico indiano de uso, resulta indispensable para un poema como el de Pérez de Villagrá. Aquí entran voces que no son estrictamente americanismos etimológicos, pero que forman parte del español de Indias por su frecuencia, contexto, valor designativo o inserción en redes semánticas virreinales. Frísol es un buen ejemplo: el DLE remite a fréjol, y frejol se explica a partir del latín phaseŏlus con influjo mozárabe; no estamos, pues, ante un indigenismo estricto. Sin embargo, la familia frijol/frejol/frísol pertenece de lleno al español americano y, en un texto novohispano, su presencia interesa no tanto por su etimología remota como por su funcionamiento histórico en el léxico alimentario y agrícola de las Indias. Dicho de otro modo: una voz puede no ser un americanismo etimológico y, aun así, formar parte sustancial del vocabulario indiano de uso.

La utilidad filológica de esta triple distinción es inmediata. Primero, permite elaborar inventarios más precisos: maíz, canoa, bejuco y macana pueden situarse en el núcleo de los americanismos etimológicos, mientras que armadillo debe pasar al grupo de voces de referido americano, y frísol al del léxico indiano de uso. Segundo, ayuda a no confundir la historia de las palabras con la historia de las cosas: el poema puede ser muy rico en el mundo americano, aunque no todas sus voces sean americanismos en sentido estricto. Tercero, esa separación permite describir mejor la textura lingüística del texto: la Historia de la Nueva México no sólo incorpora préstamos americanos, sino que organiza una lengua poética virreinal en la que conviven indigenismos, voces patrimoniales, onomástica americana y léxico administrativo o bélico de la expansión hispánica. También es significativo que los cuatro americanismos etimológicos del texto sean palabras del Caribe, es decir, del primer léxico indígena incorporado al español.

En suma, para este corpus no basta con una sola lista de “americanismos”. Lo filológicamente adecuado es trabajar, al menos, con tres niveles: americanismos etimológicos, voces de americanidad referencial y léxico indiano de uso. Sólo así puede describirse con rigor la lengua del poema sin reducirla ni a un simple repertorio de indigenismos ni a una noción demasiado laxa de “lo americano”. Esa distinción no complica innecesariamente el análisis: al contrario, lo vuelve históricamente más exacto y lexicográficamente más defendible.