Monday, January 23, 2023

Con pocos, pero doctos, libros juntos

 


Así expresaba Quevedo, en un soneto célebre, cómo le ayudaban los libros a soportar los reveses de la vida. Y no es que él viera ese momento de la historia de España como uno de grandeza y orgullo, sino que la decadencia de la patria va pareja a la del propio cuerpo, como expresa en otro soneto, en un movimiento progresivo de concentración y personalización a lo largo de los versos del segundo poema:


Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.

Habría que recordar a tanto ignaro como dirige el destino de nuestros países y desorienta a los jóvenes con consignas de destrucción de la Historia, lo que ésta simplemente es, el espejo que, en su reflejo fino, permite observar nuestras imágenes en los pasos del tiempo. Intentar destruirla es inútil; siguiendo con nuestro autor: 

Arrojar la cara importa,
que el espejo no hay por qué.

Los nuevos talibanes reclaman incongruentes interpretaciones del progreso y se jactan de destruir símbolos, como los antiguos egipcios borraban de sus monumentos los cartuchos con los nombres de aquellos caídos en desgracia. En sus viajes por el mundo, pagados por el generoso bolsillo del erario público, alguno de ellos, por ejemplo, pudo pasar por la puerta del Colegio del Pilar, en Jerusalén, y denunciar lo que su ignorancia le hizo ver como un escudo franquista en la fachada. La piqueta suele ser rápida en el seguimiento de esas denuncias, sin más comprobación y nada extraño sería que un ignorante destruyera el escudo original del Colegio, que en realidad no es franquista, sino conmemorativo del rey Alfonso XIII, visitante ilustre de la Tierra Santa.

¿Qué sentido tiene quejarse a esa tropa del descuido y abandono de las Humanidades? 

Escucho con mis ojos a los muertos

nos sigue diciendo Quevedo; pero en el desierto intelectual de la España oficial se desprecia la lectura, como si fuera la obra la muerta y no sus autores. 


Claro que siempre puede aplicarse la respuesta que nos da un gran autor francés, Pierre Corneille, una generación posterior a Quevedo, en Le Menteur ('el mentiroso'): les gens que vous tuez se portent assez bien, frase que, en la versión española "los muertos que vos matáis gozan de buena salud", ha sido atribuida erróneamente a Zorrilla, en Don Juan Tenorio, donde, por supuesto, no se encuentra, o a Pedro Muñoz Seca, entre otras suposiciones que no importan.

¿Sirve de algo reflexionar sobre el aprecio que se hace de nuestro tesoro humanístico? Si volvemos al soneto quevedesco cuyo primer cuarteto ya conocemos, Miré los muros de la patria mía, podemos ver que el segundo cuarteto nos lleva a una consideración que hoy sería claramente ecológica, la naturaleza, el sufrimiento de los animales por las inclemencias del tiempo o, si se sigue leyendo, cómo la propia decadencia corporal está unida a la de nuestra visión del entorno, del paisaje y de nuestro habitat. ¡Es tan sencillo buscarlo hoy en internet y leerlo completo!

Desprecia cuanto ignora, nos recuerda un poeta al que no parece fácil llamar "facha", Antonio Machado; pero ese texto se aplica hoy, no a una parte geográfica o histórica de la patria, sino a toda una lastimosa clase dirigente, que ni sufre ni padece por su vergonzoso desequilibrio cultural.

Amemos los libros, hoy que es tan fácil que nos acompañen hasta en los teléfonos. La gente lee en el metro de París, así ocurría en el de Madrid hasta no hace tanto. Ahora sólo resuenan fragmentos de conversaciones privadas, sin trascendencia, o los dedos en los jueguecitos, que certifican un descenso, no del vagón, sino de la mente. Recuperemos los libros, en las escuelas, en las calles, en nuestras conversaciones. En sus páginas, en sus píxeles, está el infinito.