Wednesday, October 7, 2026

Jerusalén excavada: de los ecos de relatos a la historia arqueológica

Se ofrece la quinta entrega de la contribución iniciada en julio de 2026, en https://fmarcosmarin.blogspot.com/2026/07/jerusalen-las-huellas-y-sus-ecos.html , continuada en agosto en https://fmarcosmarin.blogspot.com/2026/08/jerusalen-y-sus-ecos-peregrinaciones-y.html y en https://fmarcosmarin.blogspot.com/2026/08/ecos-de-jerusalen-y-la-casa-de-santiago.html y en septiembre en https://fmarcosmarin.blogspot.com/2026/09/ecos-de-tierra-santa-en-una-relacion.html.  El enfoque adoptado continúa siendo deliberadamente interdisciplinar, en el sentido fuerte del término: no se limita a “sumar” perspectivas, sino que se sitúa en el cruce de tres campos principales: arqueología e historia, filología y ciencias de las religiones, estudios de memoria.


Las páginas anteriores de este cuaderno sólo se entienden bien si se sitúan sobre el fondo más amplio de la historia arqueológica de Jerusalén. Haremos una síntesis amplia y documentada que permita al lector situarse: cómo y cuándo se ha excavado Jerusalén, quiénes han definido sus relatos arqueológicos y cómo se cruzan ciencia, Biblia, política y memoria.

Tomamos como hilos principales la obra de Katharina Galor sobre arqueología e ideología en Jerusalén y la panorámica de Margreet L. Steiner sobre “ciento cincuenta años de excavaciones”, integradas con manuales como el de W. Harold Mare (Adventist Archives) y con la síntesis divulgativa —pero muy rica en datos— de la Biblical Archaeology Society. Sobre ese telón de fondo se proyectarán después los “ecos españoles” que ya hemos analizado y los que retomaremos más adelante.


La historia arqueológica de Jerusalén no empieza con los arqueólogos. Durante siglos fueron los peregrinos y viajeros quienes ofrecieron las primeras descripciones sistemáticas de la ciudad: desde el
Itinerarium Burdigalense y la peregrina Egeria en la Antigüedad tardía, pasando por itinerarios medievales latinos, griegos y árabes, hasta las guías impresas de la Edad Moderna.

Todos estos textos comparten tres rasgos: Una topografía devota: la ciudad se describe como un tejido de lugares santos —Santo Sepulcro, Gólgota, Cenáculo, Getsemaní— cuya identificación se apoya en tradiciones litúrgicas más que en criterios arqueológicos. Una sensibilidad hacia las ruinas: los peregrinos hablan de muros caídos, cimientos visibles, pavimentos antiguos, grutas y cisternas; pero los describen ante todo como “huellas” de episodios bíblicos o de cruzadas, no como estratos históricos. Una tendencia a la compilación: cada guía recoge, corrige o amplía las anteriores.

La historiografía reciente ha mostrado cómo, hasta bien entrado el siglo XIX, muchas lecturas europeas —incluidas las hispánicas— dependían de estas guías multilingües, que fijaban una cartografía simbólica de Jerusalén que luego la arqueología tendría que discutir, matizar o confirmar.

Entre los siglos XVIII y XIX aparecen dos nuevas figuras: el topógrafo militar y el geógrafo bíblico. Se trata de ingenieros, oficiales y eruditos que levantan planos precisos, miden cotas, distancias y perfiles de valle, y empiezan a correlacionar el texto bíblico con el relieve observado.

Un hito en este proceso es la obra de Edward Robinson, que en 1838 recorrió la ciudad y sus alrededores e identificó, por ejemplo, el arco que hoy lleva su nombre como parte de una monumental escalinata de acceso al recinto del templo. Su Biblical Researches in Palestine (1841) combina filología, toponimia y observación directa, y puede considerarse uno de los primeros intentos de “exégesis sobre el terreno” en Jerusalén.

En este estadio aún no hay excavaciones sistemáticas, pero sí una voluntad de releer el paisaje con instrumentos de medición y con una sensibilidad histórica distinta; Jerusalén empieza a entenderse como un palimpsesto de capas, aunque todavía no se hayan abierto trincheras para comprobarlo.

El nacimiento de la arqueología de Jerusalén puede situarse, en un brochazo, entre 1860 y 1917. En 1865 se fundó en Londres el Palestine Exploration Fund (PEF), primera gran institución dedicada a estudiar científicamente “la tierra de la Biblia”. Sus protagonistas iniciales en Jerusalén fueron Charles Wilson y Charles Warren, oficiales británicos con formación en ingeniería.

Entre 1867 y 1870, Warren realizó una serie de sondeos espectaculares en torno a la Explanada del Templo: abrió pozos verticales y galerías subterráneas para estudiar los cimientos de las murallas, los accesos monumentales y el sistema hidráulico que conecta el manantial del Gihón con la ciudad alta. Descubrió el llamado “Pozo de Warren” y documentó tramos de muralla y estructuras subterráneas que siguen siendo fundamentales para la discusión actual.

Los informes del PEF —las Quarterly Statements— combinan memorias técnicas, planos, secciones y dibujos. Vistos con distancia, adolecen de falta de control estratigráfico y de una clara agenda “bíblica” (confirmar relatos escriturísticos), pero constituyen la primera base sistemática para una arqueología de Jerusalén.

En paralelo a las iniciativas británicas, se intensificó la presencia de instituciones confesionales europeas: en 1890, los dominicos fundaron en Jerusalén la École Pratique d’Études Bibliques, que pronto se transformaría en la École Biblique et Archéologique Française. Desde 1892 publica la Revue Biblique, donde se recogen resultados de excavaciones y prospecciones en Jerusalén y en otros lugares de Tierra Santa. Órdenes y sociedades alemanas, austríacas y rusas crearon casas de estudios, hospicios y misiones, que combinaban trabajo pastoral, diplomacia y, progresivamente, investigación científica. Los nombres de L.-H. Vincent, F.-M. Abel y, más tarde, P. Benoit se asocian a los primeros repertorios de topografía histórica de Jerusalén, que intentaban coordinar las fuentes literarias (bíblicas, talmúdicas, patrísticas) con los datos obtenidos en el terreno. Confirmando la intuición de los topógrafos decimonónicos, Jerusalén empieza a verse y describirse como una ciudad estratificada.

El mandato británico puede tomarse como el tiempo de inicio de una revolución estratigráfica (1917–1967). La entrada de las tropas británicas en Jerusalén en 1917 y el establecimiento del Mandato sobre Palestina (1922–1948) marcaron el comienzo de una nueva fase. La ciudad, convertida en capital administrativa, se transformó en un laboratorio de arqueología urbana. De la búsqueda de “tesoros” se pasó a la estratigrafía.

En las primeras décadas del Mandato, muchas excavaciones siguieron siendo de tipo “clásico”: se buscaba localizar murallas, puertas y grandes edificios, con cierto descuido respecto de los niveles menos espectaculares. Sin embargo, se consolidó ya la idea de que Jerusalén debía excavarse con criterios de secuencia estratigráfica y que los hallazgos debían situarse en un marco regional (Judá, Samaria, Galilea).

La auténtica revolución metodológica llegó con la figura de Kathleen M. Kenyon. Entre 1961 y 1967, Dame Kathleen Kenyon dirigió una serie de campañas en Jerusalén, centradas en la zona tradicionalmente identificada como la Ciudad de David, al sur de la Explanada del Templo. Aplicó allí el método que había desarrollado en Jericó: excavación en cuadrículas estrechas con muros testigo, registro meticuloso de niveles y una atención obsesiva a la estratigrafía.

Sus resultados, publicados con retraso pero de impacto duradero, pueden resumirse en tres grandes aportes: Clarificación de la secuencia de ocupación desde la Edad del Bronce Medio hasta el período romano, mostrando que la historia urbana de Jerusalén es más compleja y con más vacíos de lo que se suponía. Documentación detallada de los sistemas defensivos en torno al manantial del Gihón y de las obras hidráulicas asociadas (canales, túneles, estructuras de protección). Revisión crítica de algunas identificaciones tradicionales de murallas y puertas, obligando a replantear la atribución de ciertas estructuras al rey Ezequías o a otros monarcas.

La figura de Kenyon ha sido objeto de elogios y críticas. Hershel Shanks —uno de los divulgadores de la Biblical Archaeology Society— la llamó irónicamente “la dama de la estratigrafía con pies de barro” por la rigidez con la que aplicaba su método en algunos contextos. Pero incluso sus críticos reconocen que sus excavaciones marcaron un antes y un después en la arqueología de Jerusalén: a partir de Kenyon, nadie puede excavar la ciudad sin hablar de niveles, fases y cortes estratigráficos.

Mientras Kenyon trabajaba con licencia jordana, otros arqueólogos —sobre todo israelíes— se fueron convirtiendo en “pilares de la arqueología de Jerusalén”, para usar la expresión de algunos dossiers recientes.

Benjamin Mazar, con las excavaciones al pie del Muro Occidental y en la zona sur de la Explanada (1968–1978), reveló tramos monumentales de la ciudad herodiana: escalinatas, calles pavimentadas, mikva’ot (baños rituales), restos de arcos y muros de contención. Nahman Avigad, trabajando en el barrio judío tras 1967, puso al descubierto la llamada “Casa Quemada”, la “Casa del Sacerdote”, secciones de murallas hasmoneas y bizantinas, así como tramos del Cardo romano-bizantino y de la iglesia de la Nea. Yigal Shiloh retomó y amplió las excavaciones en la Ciudad de David (1978–1985), para aportar datos sobre la trama residencial de la Edad del Hierro y la organización del área en torno al Gihón.

Las síntesis divulgativas de la Biblical Archaeology Society y artículos de G. Wheeler subrayan cómo estos nombres —Kenyon, Mazar, Avigad, Shiloh— constituyen el núcleo de la arqueología “clásica” de Jerusalén en el siglo XX.

La guerra de los Seis Días (1967) y la posterior anexión de Jerusalén Este por Israel abrieron una etapa completamente nueva: aumentaron las posibilidades materiales de excavar, pero también se agudizaron las dimensiones políticas e identitarias de la arqueología. De ello nos ocuparemos en el próximo cuaderno.

Tuesday, September 1, 2026

Ecos de Tierra Santa en una relación personal: Alfonso XIII y Howard Carter

Se ofrece la cuarta entrega de la contribución iniciada en julio de 2026, en https://fmarcosmarin.blogspot.com/2026/07/jerusalen-las-huellas-y-sus-ecos.html y continuada en agosto en https://fmarcosmarin.blogspot.com/2026/08/jerusalen-y-sus-ecos-peregrinaciones-y.html y en https://fmarcosmarin.blogspot.com/2026/08/ecos-de-jerusalen-y-la-casa-de-santiago.html .  El enfoque adoptado continúa siendo deliberadamente interdisciplinar, en el sentido fuerte del término: no se limita a “sumar” perspectivas, sino que se sitúa en el cruce de tres campos principales: arqueología e historia, filología y ciencias de las religiones, estudios de memoria.

El descubrimiento de la tumba de Tutankhamón por Howard Carter (noviembre de 1922) y su difusión gracias al uso de la filmación (documentales, por desgracia, perdidos) desencadenaron una ola de “egiptomanía” que se extendió por Europa y América. La relación entre el rey Alfonso XIII, el gran arqueólogo, y el papel del duque de Alba y de las instituciones, como la Residencia de Estudiantes de la Junta de Ampliación de Estudios, definen el cruce entre ciencia, monarquía y “egiptomanía” que tuvo sus ecos en Jerusalén, como no podía ser de otro modo. En España, como ha mostrado Mangado Alonso en su artículo “La España de Alfonso XIII y el descubrimiento de la tumba de Tutanjamón”, la cobertura de la prensa, la reorganización de las salas egipcias del MAN y la incorporación sistemática de Egipto a las rutas de las peregrinaciones hispanoamericanas fueron los factores principales de este fenómeno. Ya antes de Carter, con la gran visión existente desde tiempos de Urquijo y el auge de las peregrinaciones, se filmaron los monumentos y paisajes del camino desde el último tercio del siglo XIX. Estos documentales se difundieron en España, Portugal e Iberoamérica.  La presencia iberoamericana, especialmente en épocas de guerra en Europa, tuvo un lado catequético y otro de interés e información sobre Oriente Medio, en un momento de gran pujanza económica transatlántica.

La relación personal entre Alfonso XIII y Howard Carter se sitúa en ese contexto y articula tres planos: la amistad previa entre Carter y el XVII duque de Alba, iniciada en el Valle de los Reyes en 1921, la mediación política de Alfonso XIII en la crisis de 1924–1925 que puso en peligro la continuidad de las excavaciones, las visitas de Carter a España (1924 y 1928) y la circulación de sus conferencias, fotografías y películas en ámbitos como la Residencia de Estudiantes, el Teatro Fontalba y el Palacio de Liria. Se registra, además, la relación de Sylvia Baleztena con Alexis Mallon, gran pionero de los estudios de prehistoria del Sinaí y Palestina, con la novelista Agatha Christie, casada con el arqueólogo británico Max Mallowan y con Lord Carnarvon y Howard Carter. Sylvia Baleztena era la esposa del diplomático español Pablo Jaurrieta, sucesor en Jerusalén del conde Ballobar en 1919, tras el traslado de éste a Constantinopla. La familia Jaurrieta-Baleztena también creó un gran vínculo con los franciscanos y con el procurador de los santos lugares, el andaluz Fray Gabino Montero, y, más tarde, con el navarro Francisco Martínez Roque. Mangado Alonso ha rescatado la figura de este franciscano, quien actuó como un puente pionero entre Egipto, Jerusalén y Madrid. Desde su residencia en Alejandría, Roque mantuvo una correspondencia fluida con el director del Museo Arqueológico Nacional (MAN), José Ramón Mélida. A través de él, llegaron al MAN piezas egipcias, incluida una estatua vinculada al joven Tutankhamón que generó gran entusiasmo en el museo justo cuando estallaba la noticia del hallazgo en la prensa británica.

La figura de Cruz Laplana y Laguna (obispo de Cuenca) es central en las investigaciones de la Dra. María Luz Mangado Alonso, ya que personifica la transición de la peregrinación devocional a la expedición científico-religiosa que España impulsó en los años 20. Cruz Laplana fue el alma máter y director de la IV Peregrinación a Tierra Santa y Egipto en 1926. Esta no fue una peregrinación cualquiera. Participaron más de 400 personas, entre ellas personalidades de la aristocracia, la burguesía y la Iglesia. Alfonso XIII la declaró "Nacional", lo que otorgó al obispo Laplana un estatus de cuasi-embajador. Mangado Alonso destaca que el obispo buscaba no solo la oración, sino también el prestigio cultural de España, en competencia con las misiones francesas y alemanas. Uno de los episodios más relevantes rescatados por Mangado Alonso es la estancia de la expedición en Egipto. En mayo de 1926, el grupo llegó a Luxor. Gracias a las gestiones previas del Duque de Alba y el interés del Rey, Howard Carter recibió personalmente a la expedición dirigida por Cruz Laplana en el Valle de los Reyes. Laplana y un grupo selecto de peregrinos pudieron descender a la tumba de Tutankhamón. En ese momento, el tesoro aún estaba siendo procesado, y el acceso era extremadamente restringido. Mangado Alonso ha estudiado los diarios y crónicas de esta expedición, en los que se describe a un Carter "atento y cortés" con la delegación española, y se subraya el respeto que el arqueólogo británico tenía por la Corona de España.

La obra de Mangado Alonso demuestra que la fascinación española por Tutankhamón no fue un hecho aislado del Duque de Alba, sino una red densa que involucró a la Corona en la política científica internacional y a religiosos españoles en la vanguardia del coleccionismo arqueológico.

La amistad entre Carter y Alba ha sido documentada por Myriam Seco Álvarez y Xavier Martínez Babón en Tutankhamón en España. Howard Carter, el duque de Alba y las conferencias de Madrid. El joven Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó y su esposa visitaron el Valle de los Reyes en 1921, durante su viaje de novios; allí conocieron a Carter, que trabajaba ya para Lord Carnarvon pero aún no había hallado la tumba de Tutankhamón. Esa visita, que la Casa de Alba ha convertido en una anécdota fundacional de la exposición “Tutankhamón en España”, dio lugar a una amistad intensa y duradera. El duque, apasionado de la egiptología y presidente del Comité Hispano-Inglés, se convirtió en valedor de Carter en España. La prensa reciente, los materiales de la exposición del Palacio de Liria y los estudios de Seco subrayan que el arqueólogo se alojó en Liria en sus dos estancias madrileñas y que fue el duque quien organizó tanto las conferencias como las audiencias reales.

La primera visita de Carter a España tuvo lugar a finales de noviembre de 1924. Llegó a Madrid invitado por el Comité Hispano-Inglés, que le ofreció 80 libras por dos conferencias, inicialmente previstas en la Residencia de Estudiantes.

La primera conferencia, en la Residencia, se celebró ante un auditorio abarrotado, en el que se mezclaban estudiantes, profesores y científicos madrileños, diplomáticos británicos y miembros de la colonia inglesa, aristócratas y miembros de la familia real y periodistas que querían “ver y oír” al descubridor de la tumba.

Ante la enorme demanda, la segunda conferencia se trasladó al Teatro Fontalba, en la Gran Vía, con un aforo de varios miles de personas. Carter expuso allí, con apoyo de diapositivas y películas, la historia del hallazgo, la apertura de la tumba y el inicio del inventario de los objetos. Entre el público se encontraban Alfonso XIII y Victoria Eugenia, que escuchaban al arqueólogo como parte de una audiencia mixta en la que se codeaban élites intelectuales y populares.


Entre la primera y la segunda conferencia se produjo otro momento clave: la audiencia de Carter ante el rey en el Palacio Real. El arqueólogo acudió acompañado por el duque de Alba; la crónica recogida en el estudio de García Rueda (AEDE) y en los materiales de la Casa de Alba subraya que Alfonso XIII mostró un interés vivo por los detalles técnicos de la excavación y que el tono de la conversación fue más allá de la pura cortesía.

La estancia de 1924 se cerró con una sensación de entusiasmo mutuo. En carta conservada en el archivo de la Casa de Alba, Carter escribió al duque que su semana madrileña había sido “la mejor de su vida” y que nunca la olvidará; frase que los descendientes han convertido en lema de la exposición “Tutankhamón en España” y que la prensa reciente ha recogido repetidamente.

Mientras Carter se convertía en un héroe mediático, la situación en Egipto se complicaba. En 1924–1925, las relaciones entre el arqueólogo Lord Carnarvon (y luego Lady Carnarvon), el Servicio de Antigüedades egipcio y el gobierno del rey Fuad entraron en crisis: se suspendieron las excavaciones, se discutieron los contratos y los derechos de reparto de los hallazgos.

Es aquí donde la historiografía sitúa la intervención de Alfonso XIII. A instancias del duque de Alba, el rey habría utilizado sus canales diplomáticos para interceder ante las autoridades egipcias. El testimonio más citado es un telegrama conservado en la Casa de Alba, enviado desde la embajada española en El Cairo el 16 de enero de 1925 y reproducido en varios estudios y artículos:

«Arreglado asunto Carter Valle (de los Reyes). Carter autorizado continuación trabajos buenas condiciones. Ruego le comunique grata noticia.»

El texto es lacónico, pero elocuente: el monarca no sólo simpatiza con el arqueólogo, sino que se implica activamente en desbloquear la crisis. El propio Carter, según reconstruye Seco, interpretó este apoyo como decisivo para reanudar los trabajos en la tumba.

Este episodio revela varios rasgos del estilo de Alfonso XIII: su gusto por la diplomacia cultural, su atención a los grandes temas científicos del momento y su voluntad de proyectar una imagen de monarquía “moderna” mediante intervenciones en escenarios distantes pero simbólicamente cargados.

En 1928, Carter regresó a España para un segundo ciclo de conferencias. De nuevo se alojó en el Palacio de Liria y se repitió el esquema de actos: intervención en la Residencia de Estudiantes, conferencias en teatros madrileños (Teatro de la Princesa, hoy María Guerrero), recepciones en círculos aristocráticos y una nueva audiencia con los reyes.

La prensa destacó que el interés popular no había decaído: se agotaron las entradas, se publicaron versiones impresas de las conferencias, se vendieron postales y fotografías de la tumba y de los objetos más famosos (la máscara, el sarcófago, las estatuas guardianas). El rey volvió a dejarse ver en alguna de las sesiones, consolidando así un vínculo simbólico entre la figura del monarca y la gran arqueología faraónica.

A partir de esta segunda visita, la relación Carter–Alba–Alfonso se mantuvo principalmente por correspondencia: el arqueólogo informaba al duque de los avances del inventario, le enviaba fotografías y recortes de prensa, y éste, a su vez, compartía noticias y materiales con el entorno cortesano y con instituciones como el MAN.

En 1931 Alfonso XIII abandonó España; en 1932, según apuntan varias crónicas recientes, visitó Egipto y volvió al Valle de los Reyes. Algunas fotografías difundidas en prensa y redes sociales muestran a Carter acompañando al monarca destronado en su recorrido por el yacimiento, actuando de guía en las mismas necrópolis que lo hicieron célebre.

Sea cual sea el grado de exactitud de esa iconografía, el hecho de que se haya fijado en la memoria visual indica hasta qué punto la relación Carter–Alfonso ha quedado instalada en el imaginario: el rey, ahora sin trono, recorre los corredores del faraón guiado por el arqueólogo cuya obra él contribuyó a salvar diplomáticamente.

Desde nuestra perspectiva, lo decisivo no es sólo la anécdota, sino las resonancias que se generan entre esta relación y otros hilos de la presencia española en Oriente: mientras Carter llenaba teatros en Madrid, el P. Roque escribía desde Egipto a Mélida sobre donaciones al MAN y comentaba las noticias del Valle de los Reyes que llegaban por la prensa inglesa; las crónicas y películas de las peregrinaciones hispanoamericanas incorporaron progresivamente Egipto al relato devocional, con escenas de pirámides y del Museo del Cairo que se proyectaban en cines y salones parroquiales, a menudo en los mismos circuitos donde circulaban las conferencias de Carter. En las parroquias y casas religiosas de España se alternaron veladas con documentales de peregrinación (Jerusalén, Belén, Nazaret) y conferencias ilustradas sobre Tutankhamón, a veces acompañadas de reproducciones de objetos y referencias al “descubridor inglés”.

En términos estrictamente documentales, no podemos afirmar que Carter haya influido directamente en la decisión de fundar el Colegio del Pilar o la Casa de Santiago; pero, culturalmente, la egiptomanía alfonsina creó un clima favorable para entender la arqueología de Oriente (Egipto y Tierra Santa) como un territorio donde España debía estar presente, aunque fuera de manera más modesta que las grandes potencias coloniales.

La misma España de Alfonso XIII que se interesaba por Carter es la que organizaba peregrinaciones donde Jerusalén y Luxor formaban parte del mismo itinerario, apoyaba, a través de la Obra Pía y del Patronato Pro-Jerusalén, proyectos como el Colegio del Pilar y preparaba el terreno institucional y mental para aceptar, en los años cincuenta, la idea de un instituto bíblico-arqueológico español en Jerusalén.

En ese sentido, la trama Alfonso XIII–Carter–duque de Alba–Roque no fue un mero episodio paralelo, sino un “eco lateral” que reforzó la inserción española en la cultura arqueológica global de entreguerras.


Nota editorial: Agradezco a María Luz Mangado Alonso las fotografías que ilustran este cuaderno.

Tuesday, August 25, 2026

Ecos de Jerusalén y la Casa de Santiago (Instituto Español Bíblico y Arqueológico)

Se ofrece la tercera entrega de la contribución iniciada en julio de 2026, en https://fmarcosmarin.blogspot.com/2026/07/jerusalen-las-huellas-y-sus-ecos.html y continuada el primero de agosto en https://fmarcosmarin.blogspot.com/2026/08/jerusalen-y-sus-ecos-peregrinaciones-y.html. El enfoque adoptado continúa siendo deliberadamente interdisciplinar, en el sentido fuerte del término: no se limita a “sumar” perspectivas, sino que se sitúa en el cruce de tres campos principales: arqueología e historia, filología y ciencias de las religiones, estudios de memoria.

En 1955 se dio un salto cualitativo: la fundación de la Casa de Santiago, concebida desde el inicio como sede del Instituto Español Bíblico y Arqueológico de Jerusalén (IEBA). El proyecto venía gestándose desde los años cuarenta bajo rótulos como “Hogar Hispanoamericano”: memorandos de 1942, cartas desde el consulado español en Jerusalén y propuestas de un centro que combinara hospedería, capilla, escuela, dispensario y sucursal del Patronato Pro-Jerusalén. La fórmula finalmente adoptada fue más precisa: una casa de estudios para biblistas y arqueólogos de lengua española, ligada eclesialmente al Patriarcado latino y a la Iglesia española, vinculada académicamente a la Universidad Pontificia de Salamanca (UPSA), e insertada en el paisaje de las grandes instituciones de Jerusalén (École Biblique, Studium Biblicum Franciscanum, universidades locales).

Los testimonios reunidos en la miscelánea Escritos de Biblia y Oriente y en La Casa de Santiago en Jerusalén permiten dibujar la vida interna del Instituto con bastante detalle:


Las mañanas se inician con oración y misa en la capilla. Siguen el desayuno en el comedor, donde se cruzan español (en variantes peninsulares y americanas), italiano (franciscanos, profesores invitados), francés (dominicos de la École), inglés (biblistas anglófonos) y el árabe del personal local y las clases en la École Biblique, en el Studium franciscano o en la propia Casa (exégesis, historia de Israel, introducción a la arqueología bíblica, hebreo, griego, árabe moderno). Las tardes alternan entre el estudio en la biblioteca o en las habitaciones y las salidas de campo: murallas, Ciudad de David, valle del Cedrón e Hinom, Monte de los Olivos, Betania, Betfagé, Emaús, Ein Karem, desierto de Judea; los itinerarios se repiten curso tras curso, pero cambian las preguntas y las discusiones. Por las noches, la cena común, el intercambio de noticias, la discusión de artículos o hallazgos recientes; tertulias donde se mezclan cuestiones bíblicas, noticias de la situación política, relatos de peregrinos y anécdotas del día en los yacimientos.

El comedor de la Casa es, como recuerda más de un antiguo residente, un espacio privilegiado para percibir la “internacionalidad” de Jerusalén: en una misma mesa se pueden oír castellano, italiano, francés, inglés, algo de alemán, hebreo moderno y árabe. Esa polifonía lingüística forma parte de la propia experiencia científica: aprender arqueología de Jerusalén es, también, aprender a moverse entre lenguas, tradiciones exegéticas y escuelas nacionales. 

Para muchos residentes, la estancia en la Casa de Santiago es la primera ocasión de salir de España y convivir en una comunidad académica internacional; ver directamente los lugares tantas veces leídos en el texto bíblico; integrar en su forma de enseñar y predicar referencias topográficas y arqueológicas que ya no son “de manual”, sino fruto de la experiencia vivida.


En su balance titulado “La labor arqueológica del Instituto Español Bíblico y Arqueológico de Jerusalén (1956–1988)”, Joaquín González Echegaray distingue varias líneas de trabajo. En la formación básica se incluyen cursos de introducción a la arqueología bíblica (historia de la disciplina, métodos de excavación, lectura de estratigrafías); seminarios sobre la historiografía de las excavaciones en Jerusalén (de Robinson y Warren a Kenyon, Mazar, etc.). Las salidas de campo sistemáticas comprenden recorridos topográficos por Jerusalén y su entorno (Ciudad Vieja, “Ophel”, Ciudad de David, valles del Cedrón e Hinom) o visitas a yacimientos clásicos de la tradición cristiana (Getsemaní, Campo de los Pastores, Betania, Betfagé, Emaús), con comentarios “sobre el terreno” y bibliografía en mano. También hay una participación en campañas, en colaboración con las excavaciones dirigidas por la Custodia franciscana, por ejemplo en Khirbet Siyar el-Ghanam (Campo de los Pastores), y en otros sitios de Tierra Santa; destaca la presencia de estudiantes y profesores del IEBA en campañas internacionales, donde la aportación española se manifiesta tanto en la mano de obra cualificada como en la difusión posterior de los resultados.

En el apartado pedagógico, domina el trabajo de síntesis en castellano. Con la elaboración de manuales, artículos y materiales de divulgación que traducen debates y resultados al español; y la organización de cursos y semanas bíblicas en España, donde la experiencia de Jerusalén se transmite a seminarios, universidades y parroquias. En este sentido, el IEBA funciona como un traductor y amplificador de la arqueología de Jerusalén: no genera una “escuela nacional” separada, sino una forma hispánica de recibir, reelaborar y difundir el conocimiento arqueológico sobre la ciudad.

La huella de la Casa de Santiago se percibe en varios planos: la red de antiguos residentes (sacerdotes, religiosos, laicos) que vuelven a sus diócesis y universidades con un mapa mental de Jerusalén extremadamente preciso;  la producción de manuales y estudios en español sobre Biblia y arqueología, donde la familiaridad con el terreno de Jerusalén es evidente; las becas y convocatorias de la UPSA y la Conferencia Episcopal que siguen enviando cada año estudiantes a la Casa. 

Más que una “misión arqueológica nacional”, la presencia española en Jerusalén se despliega en forma de capilaridad hermenéutica: la manera en que se explica la Biblia en español, se dibujan los mapas de Tierra Santa y se predica sobre Jerusalén poquísimo tendría que ver con la experiencia arqueológica si no existieran el IEBA, el Colegio del Pilar y las redes que articulan.


Los volúmenes en prensa de Bajo el cielo de Oriente. Crónica de Francisco Roque Martínez Aguinaco, O.F.M. (1877–1944) en Egipto y Tierra Santa de la Dra. María Luz Mangado Alonso permiten seguir casi año por año la trayectoria de Francisco Martínez Roque, figura clave para entender los vínculos entre España, Egipto y los Santos Lugares.

Formado en casas franciscanas de Andalucía, Roque es destinado a Alejandría, donde actúa como capellán de la colonia española, gestor de obras sociales (escuelas, dispensarios, ayudas a enfermos y soldados) y mediador entre coleccionistas locales, autoridades egipcias y el Museo Arqueológico Nacional.

Su correspondencia con José Ramón Mélida, director del MAN, documenta el envío de estatuas, vasos, monedas, amuletos y tejidos, las gestiones administrativas para legalizar adquisiciones y donaciones, la concesión de la Orden de Isabel la Católica a Roque y a colaboradores como José Marini, en agradecimiento por los servicios prestados al museo. En una carta de 1925, Mélida agradece expresamente el envío de una “mano de momia” y de una estatua relacionada con un “joven faraón”, que se identificará luego como Tutankhamón. Ese intercambio epistolar sitúa a Roque en la vanguardia de la recepción española de la egiptología: lee las noticias que llegan de Inglaterra, comenta los avances de las excavaciones y ajusta las narrativas museísticas madrileñas a la luz de lo que ocurre en el Valle de los Reyes.

En 1931, Roque es enviado a Jerusalén como Procurador General de la Custodia de Tierra Santa. Desde ese puesto adquiere terrenos en torno al Cenáculo y promueve la construcción del convento de Monte Sión, coordina obras y restauraciones en santuarios como el Monte Tabor, el Monte Nebo y el Campo de los Pastores, impulsa la reforma del Colegio del Pilar y otras obras educativas y sociales y canaliza ayudas durante la guerra del Rif y la Guerra Civil española, gestionando repatriaciones y socorros.

Los informes de Tierra Santa y Roma para 1933 hablan de centenares de obreros empleados en obras y excavaciones, de miles de panes distribuidos semanalmente, de colonias escolares y de escuelas gratuitas. En ellos la actividad arqueológica aparece integrada en un proyecto más amplio de presencia social, pastoral y diplomática. Roque encarna, así, la figura del intermediario múltiple: entre Egipto y España, entre Jerusalén y Madrid, entre el mundo científico y el mundo devocional.

Saturday, August 1, 2026

Jerusalén y sus ecos. Peregrinaciones y arqueología devota

Se continúa en esta nueva entrega la contribución iniciada en julio de 2026, en https://fmarcosmarin.blogspot.com/2026/07/jerusalen-las-huellas-y-sus-ecos.html. El enfoque adoptado continúa siendo deliberadamente interdisciplinar, en el sentido fuerte del término: no se limita a “sumar” perspectivas, sino que se sitúa en el cruce de tres campos principales: arqueología e historia, filología y ciencias de las religiones, estudios de memoria.

En lo concerniente a la historia de la arqueología y de las ciencias bíblicas se utilizarán tanto síntesis generales (Galor–Bloedhorn; Unearthing Jerusalem; Stern, New Encyclopedia of Archaeological Excavations in the Holy Land) como estudios más específicos sobre la formación de la “biblical archaeology” (Albright y su escuela) y su crítica posterior (Davis, Abu El-Haj, Kletter). Nos interesan especialmente los momentos de inflexión: el paso de las exploraciones decimonónicas a las excavaciones estratigráficas más sistemáticas; la profesionalización de la disciplina; la transformación del paradigma “confirmacionista bíblico” en otro más atento a los contextos sociales y políticos.

También se mantendrá el enfoque en Filología y ciencias de las religiones. La tradición textual —tanto bíblica como postbíblica— es inseparable de Jerusalén. Se tendrán en cuenta no solo los textos antiguos, sino también relatos de peregrinación modernos (fines del XIX y primera mitad del XX), crónicas periodísticas, literatura espiritual y documentación interna de órdenes religiosas e instituciones educativas españolas vinculadas a la ciudad.

El análisis filológico se aplicará a esos materiales modernos: fórmulas reiteradas para describir los “Santos Lugares”, formas de integrar los hallazgos arqueológicos en la exégesis y la catequesis, y modelos de traducción y adaptación de la toponimia.

La historia cultural de Jerusalén forma parte de los estudios de memoria. Jerusalén es un espacio densamente cargado de memoria, en el que la arqueología se ha convertido en una herramienta privilegiada para sustentar reivindicaciones identitarias y territoriales. Obras como Facts on the Ground de Abu El-Haj, o estudios recientes sobre la instrumentalización política de los parques arqueológicos en Jerusalén y sus alrededores, permiten situar, en el plano comparado, los ejemplos que se examinarán en la parte española.

Desde el punto de vista temporal, nos centraremos en el periodo comprendido entre mediados del siglo XIX —cuando se consolidaron las primeras exploraciones científicas y se sentaron las bases de la geografía bíblica moderna— y el presente, con especial énfasis en el intervalo 1890–1967 para la reconstrucción histórica y en la segunda mitad del siglo XX para los aspectos relativos a la presencia española (fundación del Colegio del Pilar, del IEBA y de la Casa de Santiago).

En cuanto a las fuentes, se combinan las fuentes primarias y las secundarias. En las primeras se encuentran documentación de archivo relativa a peregrinaciones, a instituciones españolas en Jerusalén y a relaciones diplomáticas; crónicas impresas de viajes y peregrinaciones hispanas; informes de excavaciones y memorias institucionales de centros arqueológicos en Jerusalén; material iconográfico (fotografías históricas, planos, mapas, postales). Las fuentes secundarias incluyen síntesis arqueológicas y manuales especializados; estudios monográficos sobre arqueología bíblica y arqueología israelí; investigaciones recientes sobre el legado español en Tierra Santa y la recepción de la arqueología en contextos religiosos.

Finalmente, desde el punto de vista espacial, el foco se mantendrá en el término “Jerusalén” entendido en sentido histórico-arqueológico (Ciudad de David, ciudad amurallada, explanada del Templo/Haram al-Sharif, barrios histórico-confesionales y su hinterland inmediato), pero sin perder de vista que muchos “ecos” españoles se proyectan sobre un espacio más amplio de Tierra Santa, con itinerarios peregrinos que conectan Jerusalén con Belén, Nazaret, el Jordán, el Sinaí o incluso Egipto.

Los ecos españoles de la historia arqueológica de Jerusalén tienen resonancias profundas, conceptuales y temporales. Vista desde España, la historia arqueológica de Jerusalén no se presenta como una gran “misión nacional” al estilo británico o francés, sino como una constelación de presencias dispersas: peregrinaciones multitudinarias, un colegio español en la Ciudad Vieja, una casa de estudios bíblicos en Jerusalén Este, franciscanos que envían cajas de piezas al Museo Arqueológico Nacional, reyes fascinados por egiptólogos célebres, películas devocionales proyectadas en parroquias.

La reconstrucción de este tejido debe muchísimo al trabajo de María Luz Mangado Alonso y a la serie Bajo el cielo de Oriente (Victorensia 91 y 92, con la crónica del P. Roque en preparación), en la que se ha reordenado críticamente el material disperso sobre España en Tierra Santa entre 1899 y 1955.

En torno a ese eje se pueden distinguir tres grandes focos: las peregrinaciones y expediciones hispánicas a Tierra Santa, Egipto y Roma; el Colegio Español de Nuestra Señora del Pilar en Jerusalén, con su dimensión escolar, social y literalmente “estratigráfica”; la Casa de Santiago / Instituto Español Bíblico y Arqueológico (IEBA), como presencia académica estable.

Alrededor gravitan figuras como el franciscano Francisco Martínez Roque (Padre Roque) y la constelación Alfonso XIII–duque de Alba–Howard Carter, que proyecta sobre este paisaje una “egiptomanía” muy específica.

Con las peregrinaciones hispánicas se inicia lo que puede considerarse “arqueología devota”. El punto de partida simbólico puede fijarse en el cambio de siglo. Con motivo del “segundo milenio de la Redención”, León XIII invita a organizar peregrinaciones a Tierra Santa; España responde pronto, y esa respuesta cristaliza en una serie de peregrinaciones organizadas que combinan devoción, sociabilidad y curiosidad por las ruinas.

La Primera Peregrinación Vascongada de 1902 inaugura un estilo. Participan obreros organizados, cofradías, asociaciones marianas, clero rural, familias acomodadas; las crónicas describen la misa de envío en Bilbao, los estandartes, las bandas de música, los telegramas al Papa y al rey. En la cubierta del barco suenan euskera, castellano y francés; algunos peregrinos hojean guías de Tierra Santa editadas en Lyon o Jerusalén.

Entre 1902 y la Guerra Civil se suceden peregrinaciones hispanoamericanas (1924, 1925, 1926) y españolas (desde 1928): las promovidas por José María Urquijo Ybarra y obispos del norte; las grandes cruzadas presididas por Zacarías Martínez Núñez desde Santiago de Compostela; expediciones mixtas en las que viajan españoles e hispanoamericanos.

El itinerario se repite, con variantes: Bilbao o Barcelona – Marsella / Génova – Alejandría y El Cairo – Jaffa – Jerusalén – Roma. Las paradas en el Museo de El Cairo se van cargando de importancia a medida que la egiptología se hace más mediática, especialmente tras 1922.

En las crónicas, la mirada es híbrida: se describen los lugares santos con fórmulas bíblicas y devocionales (“la ciudad de David”, “el Santo Sepulcro”); se anotan detalles “arqueológicos” en sentido amplio: murallas, restos de pavimentos “descubiertos recientemente”, mosaicos, grietas de roca; se citan nombres y obras de referencia: guías franciscanas, manuales de topografía bíblica, obras de L.-H. Vincent, F.-M. Abel o, más tarde, de P. Benoit, Virgilio Corbo, Jerome Murphy-O’Connor, la bibliografía es extensa.

La expresión “arqueología devota” no es casual: los peregrinos interpretan lo que ven a la luz de las excavaciones, explicadas por franciscanos, dominicos y guías locales. Discuten si la “piedra del Calvario” es auténtica, si el Cenáculo conserva restos de los cruzados, si el camino actual de la Vía Dolorosa coincide con el de Jesús.

En las peregrinaciones hispanoamericanas de los años veinte, estudiadas por Mangado Alonso, esta dimensión se refuerza con el cine: películas como España en Jerusalén / La Virgen del Pilar en Jerusalén, difundidas bajo el título Visiones de Oriente, combinan escenas de procesiones, misas y Vía Crucis con panorámicas de Jerusalén, planos de ruinas y, muy pronto, imágenes de Egipto (pirámides, templos, el Nilo).

Las mismas cámaras que filman la entrada de los peregrinos por la Puerta de Jaffa recogen también su paso por el Museo del Cairo y, cuando es posible, por el Valle de los Reyes. El montaje yuxtapone la “arqueología bíblica” y la “arqueología faraónica”, reforzando la idea de que ambos territorios forman parte de una misma “geografía sagrada” moderna.

El flujo no es sólo de personas e imágenes, sino también de objetos. En este rico panorama, nos encontramos con objetos que viajan y también con objetos que se quedan. Las peregrinaciones producen una circulación continua: de Jerusalén a España e Hispanoamérica: cruces repletas de reliquias, ampollas con agua del Jordán, pequeñas piedras etiquetadas (“Huerto de Getsemaní”, “Monte Tabor”), lámparas de aceite, iconos, fotografías, películas; de Egipto y Oriente Medio a España: piezas arqueológicas adquiridas o donadas —a menudo a través de religiosos y diplomáticos— que ingresan en el Museo Arqueológico Nacional (MAN) o en museos bíblicos diocesanos.

Desde los años veinte y treinta se fundan museos bíblicos y colecciones en lugares como: Palma de Mallorca, Tarragona, Montserrat, Santiago de Compostela, alimentados por objetos procedentes de Tierra Santa y Egipto. Esos espacios ofrecen al público español vitrinas con monedas, cerámicas, tejidos, maquetas de Jerusalén, mapas de rutas bíblicas; a veces, incluso proyectores que permiten mostrar fragmentos de las películas de peregrinación.

La gran Exposición de Tierra Santa en Madrid (1953), reconstruida por Mangado Alonso, actuó como síntesis de medio siglo de contactos: reunió objetos de peregrinación, fotografías, recuerdos del Colegio del Pilar, piezas facilitadas por la Custodia franciscana, material procedente de museos bíblicos y documentos audiovisuales.

En este contexto, la figura del Padre Francisco Martínez Roque resulta decisiva. Gracias a él se recibieron en el MAN piezas egipcias y grecorromanas donadas por coleccionistas y por el propio Servicio de Antigüedades; entre ellas, una estatua vinculada al joven Tutankhamón, cuya identificación suscitó el entusiasmo del director, José Ramón Mélida, ya fascinado por las noticias del descubrimiento de la tumba en la prensa británica.

Estos “objetos que se quedan” —reliquias, fragmentos arqueológicos, películas— son una prolongación material de la arqueología de Jerusalén (y de Egipto) en el espacio peninsular e hispanoamericano.

Las siguientes secciones desplegarán este programa, iniciado con las peregrinaciones y que se ampliará con las instituciones españolas (Colegio del Pilar, IEBA/Casa de Santiago), con un breve recorrido por la historia de la investigación arqueológica en Jerusalén, para repasar después los ecos filológicos, teológicos y culturales de esa arqueología hierosolimitana en el mundo de habla hispana.