Se ofrece la cuarta entrega de la contribución iniciada en julio de 2026, en https://fmarcosmarin.blogspot.com/2026/07/jerusalen-las-huellas-y-sus-ecos.html y continuada en agosto en https://fmarcosmarin.blogspot.com/2026/08/jerusalen-y-sus-ecos-peregrinaciones-y.html y en https://fmarcosmarin.blogspot.com/2026/08/ecos-de-jerusalen-y-la-casa-de-santiago.html . El enfoque adoptado continúa siendo deliberadamente interdisciplinar, en el sentido fuerte del término: no se limita a “sumar” perspectivas, sino que se sitúa en el cruce de tres campos principales: arqueología e historia, filología y ciencias de las religiones, estudios de memoria.
El descubrimiento de la tumba de Tutankhamón por Howard Carter (noviembre de 1922) y su difusión gracias al uso de la filmación (documentales, por desgracia, perdidos) desencadenaron una ola de “egiptomanía” que se extendió por Europa y América. La relación entre el rey Alfonso XIII, el gran arqueólogo, y el papel del duque de Alba y de las instituciones, como la Residencia de Estudiantes de la Junta de Ampliación de Estudios, definen el cruce entre ciencia, monarquía y “egiptomanía” que tuvo sus ecos en Jerusalén, como no podía ser de otro modo. En España, como ha mostrado Mangado Alonso en su artículo “La España de Alfonso XIII y el descubrimiento de la tumba de Tutanjamón”, la cobertura de la prensa, la reorganización de las salas egipcias del MAN y la incorporación sistemática de Egipto a las rutas de las peregrinaciones hispanoamericanas fueron los factores principales de este fenómeno. Ya antes de Carter, con la gran visión existente desde tiempos de Urquijo y el auge de las peregrinaciones, se filmaron los monumentos y paisajes del camino desde el último tercio del siglo XIX. Estos documentales se difundieron en España, Portugal e Iberoamérica. La presencia iberoamericana, especialmente en épocas de guerra en Europa, tuvo un lado catequético y otro de interés e información sobre Oriente Medio, en un momento de gran pujanza económica transatlántica.
La relación personal entre Alfonso XIII y Howard Carter se sitúa en ese contexto y articula tres planos: la amistad previa entre Carter y el XVII duque de Alba, iniciada en el Valle de los Reyes en 1921, la mediación política de Alfonso XIII en la crisis de 1924–1925 que puso en peligro la continuidad de las excavaciones, las visitas de Carter a España (1924 y 1928) y la circulación de sus conferencias, fotografías y películas en ámbitos como la Residencia de Estudiantes, el Teatro Fontalba y el Palacio de Liria. Se registra, además, la relación de Sylvia Baleztena con Alexis Mallon, gran pionero de los estudios de prehistoria del Sinaí y Palestina, con la novelista Agatha Christie, casada con el arqueólogo británico Max Mallowan y con Lord Carnarvon y Howard Carter. Sylvia Baleztena era la esposa del diplomático español Pablo Jaurrieta, sucesor en Jerusalén del conde Ballobar en 1919, tras el traslado de éste a Constantinopla. La familia Jaurrieta-Baleztena también creó un gran vínculo con los franciscanos y con el procurador de los santos lugares, el andaluz Fray Gabino Montero, y, más tarde, con el navarro Francisco Martínez Roque. Mangado Alonso ha rescatado la figura de este franciscano, quien actuó como un puente pionero entre Egipto, Jerusalén y Madrid. Desde su residencia en Alejandría, Roque mantuvo una correspondencia fluida con el director del Museo Arqueológico Nacional (MAN), José Ramón Mélida. A través de él, llegaron al MAN piezas egipcias, incluida una estatua vinculada al joven Tutankhamón que generó gran entusiasmo en el museo justo cuando estallaba la noticia del hallazgo en la prensa británica.
La figura de Cruz Laplana y Laguna (obispo de Cuenca) es central en las investigaciones de la Dra. María Luz Mangado Alonso, ya que personifica la transición de la peregrinación devocional a la expedición científico-religiosa que España impulsó en los años 20. Cruz Laplana fue el alma máter y director de la IV Peregrinación a Tierra Santa y Egipto en 1926. Esta no fue una peregrinación cualquiera. Participaron más de 400 personas, entre ellas personalidades de la aristocracia, la burguesía y la Iglesia. Alfonso XIII la declaró "Nacional", lo que otorgó al obispo Laplana un estatus de cuasi-embajador. Mangado Alonso destaca que el obispo buscaba no solo la oración, sino también el prestigio cultural de España, en competencia con las misiones francesas y alemanas. Uno de los episodios más relevantes rescatados por Mangado Alonso es la estancia de la expedición en Egipto. En mayo de 1926, el grupo llegó a Luxor. Gracias a las gestiones previas del Duque de Alba y el interés del Rey, Howard Carter recibió personalmente a la expedición dirigida por Cruz Laplana en el Valle de los Reyes. Laplana y un grupo selecto de peregrinos pudieron descender a la tumba de Tutankhamón. En ese momento, el tesoro aún estaba siendo procesado, y el acceso era extremadamente restringido. Mangado Alonso ha estudiado los diarios y crónicas de esta expedición, en los que se describe a un Carter "atento y cortés" con la delegación española, y se subraya el respeto que el arqueólogo británico tenía por la Corona de España.
La obra de Mangado Alonso demuestra que la fascinación española por
Tutankhamón no fue un hecho aislado del Duque de Alba, sino una red densa que
involucró a la Corona en la política científica internacional y a religiosos
españoles en la vanguardia del coleccionismo arqueológico.
La amistad entre Carter y Alba ha sido documentada por Myriam Seco Álvarez y Xavier Martínez Babón en Tutankhamón en España. Howard Carter, el duque de Alba y las conferencias de Madrid. El joven Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó y su esposa visitaron el Valle de los Reyes en 1921, durante su viaje de novios; allí conocieron a Carter, que trabajaba ya para Lord Carnarvon pero aún no había hallado la tumba de Tutankhamón. Esa visita, que la Casa de Alba ha convertido en una anécdota fundacional de la exposición “Tutankhamón en España”, dio lugar a una amistad intensa y duradera. El duque, apasionado de la egiptología y presidente del Comité Hispano-Inglés, se convirtió en valedor de Carter en España. La prensa reciente, los materiales de la exposición del Palacio de Liria y los estudios de Seco subrayan que el arqueólogo se alojó en Liria en sus dos estancias madrileñas y que fue el duque quien organizó tanto las conferencias como las audiencias reales.
La primera visita de Carter a España tuvo lugar a finales de noviembre
de 1924. Llegó a Madrid invitado por el Comité Hispano-Inglés, que le ofreció
80 libras por dos conferencias, inicialmente previstas en la Residencia de
Estudiantes.
La primera conferencia, en la Residencia, se celebró ante un auditorio abarrotado, en el que se mezclaban estudiantes, profesores y científicos madrileños, diplomáticos británicos y miembros de la colonia inglesa, aristócratas y miembros de la familia real y periodistas que querían “ver y oír” al descubridor de la tumba.
Ante la enorme demanda, la segunda conferencia se trasladó al Teatro
Fontalba, en la Gran Vía, con un aforo de varios miles de personas. Carter
expuso allí, con apoyo de diapositivas y películas, la historia del hallazgo,
la apertura de la tumba y el inicio del inventario de los objetos. Entre el
público se encontraban Alfonso XIII y Victoria Eugenia, que escuchaban al
arqueólogo como parte de una audiencia mixta en la que se codeaban élites
intelectuales y populares.
Entre la primera y la segunda conferencia se produjo otro momento clave: la audiencia de Carter ante el rey en el Palacio Real. El arqueólogo acudió acompañado por el duque de Alba; la crónica recogida en el estudio de García Rueda (AEDE) y en los materiales de la Casa de Alba subraya que Alfonso XIII mostró un interés vivo por los detalles técnicos de la excavación y que el tono de la conversación fue más allá de la pura cortesía.
La estancia de 1924 se cerró con una sensación de entusiasmo mutuo. En
carta conservada en el archivo de la Casa de Alba, Carter escribió al duque que
su semana madrileña había sido “la mejor de su vida” y que nunca la olvidará;
frase que los descendientes han convertido en lema de la exposición
“Tutankhamón en España” y que la prensa reciente ha recogido repetidamente.
Mientras Carter se convertía en un héroe mediático, la situación en
Egipto se complicaba. En 1924–1925, las relaciones entre el arqueólogo Lord
Carnarvon (y luego Lady Carnarvon), el Servicio de Antigüedades egipcio y el
gobierno del rey Fuad entraron en crisis: se suspendieron las excavaciones, se
discutieron los contratos y los derechos de reparto de los hallazgos.
Es aquí donde la historiografía sitúa la intervención de Alfonso XIII. A
instancias del duque de Alba, el rey habría utilizado sus canales diplomáticos
para interceder ante las autoridades egipcias. El testimonio más citado es un
telegrama conservado en la Casa de Alba, enviado desde la embajada española en
El Cairo el 16 de enero de 1925 y reproducido en varios estudios y artículos:
«Arreglado asunto Carter Valle (de los Reyes). Carter autorizado
continuación trabajos buenas condiciones. Ruego le comunique grata noticia.»
El texto es lacónico, pero elocuente: el monarca no sólo simpatiza con
el arqueólogo, sino que se implica activamente en desbloquear la crisis. El
propio Carter, según reconstruye Seco, interpretó este apoyo como decisivo para
reanudar los trabajos en la tumba.
Este episodio revela varios rasgos del estilo de Alfonso XIII: su gusto
por la diplomacia cultural, su atención a los grandes temas científicos del
momento y su voluntad de proyectar una imagen de monarquía “moderna” mediante
intervenciones en escenarios distantes pero simbólicamente cargados.
En 1928, Carter regresó a España para un segundo ciclo de conferencias.
De nuevo se alojó en el Palacio de Liria y se repitió el esquema de actos:
intervención en la Residencia de Estudiantes, conferencias en teatros
madrileños (Teatro de la Princesa, hoy María Guerrero), recepciones en círculos
aristocráticos y una nueva audiencia con los reyes.
La prensa destacó que el interés popular no había decaído: se agotaron
las entradas, se publicaron versiones impresas de las conferencias, se
vendieron postales y fotografías de la tumba y de los objetos más famosos (la
máscara, el sarcófago, las estatuas guardianas). El rey volvió a dejarse ver en
alguna de las sesiones, consolidando así un vínculo simbólico entre la figura
del monarca y la gran arqueología faraónica.
A partir de esta segunda visita, la relación Carter–Alba–Alfonso se
mantuvo principalmente por correspondencia: el arqueólogo informaba al duque de
los avances del inventario, le enviaba fotografías y recortes de prensa, y
éste, a su vez, compartía noticias y materiales con el entorno cortesano y con
instituciones como el MAN.
En 1931 Alfonso XIII abandonó España; en 1932, según apuntan varias crónicas recientes, visitó Egipto y volvió al Valle de los Reyes. Algunas fotografías difundidas en prensa y redes sociales muestran a Carter acompañando al monarca destronado en su recorrido por el yacimiento, actuando de guía en las mismas necrópolis que lo hicieron célebre.
Sea cual sea el grado de exactitud de esa iconografía, el hecho de que
se haya fijado en la memoria visual indica hasta qué punto la relación
Carter–Alfonso ha quedado instalada en el imaginario: el rey, ahora sin trono,
recorre los corredores del faraón guiado por el arqueólogo cuya obra él
contribuyó a salvar diplomáticamente.
Desde nuestra perspectiva, lo decisivo no es sólo la anécdota, sino las
resonancias que se generan entre esta relación y otros hilos de la presencia
española en Oriente: mientras Carter llenaba teatros en Madrid, el P. Roque
escribía desde Egipto a Mélida sobre donaciones al MAN y comentaba las noticias
del Valle de los Reyes que llegaban por la prensa inglesa; las crónicas y
películas de las peregrinaciones hispanoamericanas incorporaron progresivamente
Egipto al relato devocional, con escenas de pirámides y del Museo del Cairo que
se proyectaban en cines y salones parroquiales, a menudo en los mismos
circuitos donde circulaban las conferencias de Carter. En las parroquias y
casas religiosas de España se alternaron veladas con documentales de peregrinación (Jerusalén, Belén,
Nazaret) y conferencias ilustradas sobre Tutankhamón, a veces acompañadas de
reproducciones de objetos y referencias al “descubridor inglés”.
En términos estrictamente documentales, no podemos afirmar que Carter
haya influido directamente en la decisión de fundar el Colegio del Pilar o la
Casa de Santiago; pero, culturalmente, la egiptomanía alfonsina creó un clima favorable para entender la
arqueología de Oriente (Egipto y Tierra Santa) como un territorio donde España
debía estar presente, aunque fuera de manera más modesta que las grandes
potencias coloniales.
La misma España de Alfonso XIII
que se interesaba por Carter es la que organizaba peregrinaciones donde
Jerusalén y Luxor formaban parte del mismo itinerario, apoyaba, a través de la
Obra Pía y del Patronato Pro-Jerusalén, proyectos como el Colegio del Pilar y preparaba
el terreno institucional y mental para aceptar, en los años cincuenta, la idea
de un instituto bíblico-arqueológico español en Jerusalén.
En ese sentido, la trama Alfonso XIII–Carter–duque de Alba–Roque no fue
un mero episodio paralelo, sino un “eco lateral” que reforzó la inserción española en la cultura arqueológica
global de entreguerras.
Nota editorial: Agradezco a María Luz Mangado Alonso las fotografías que ilustran este cuaderno.








