En 1955 se dio un salto cualitativo: la fundación de la Casa de Santiago, concebida desde el inicio como sede del Instituto Español Bíblico y Arqueológico de Jerusalén (IEBA). El proyecto venía gestándose desde los años cuarenta bajo rótulos como “Hogar Hispanoamericano”: memorandos de 1942, cartas desde el consulado español en Jerusalén y propuestas de un centro que combinara hospedería, capilla, escuela, dispensario y sucursal del Patronato Pro-Jerusalén. La fórmula finalmente adoptada fue más precisa: una casa de estudios para biblistas y arqueólogos de lengua española, ligada eclesialmente al Patriarcado latino y a la Iglesia española, vinculada académicamente a la Universidad Pontificia de Salamanca (UPSA), e insertada en el paisaje de las grandes instituciones de Jerusalén (École Biblique, Studium Biblicum Franciscanum, universidades locales).
Los testimonios
reunidos en la miscelánea Escritos de
Biblia y Oriente y en La Casa de
Santiago en Jerusalén permiten dibujar la vida interna del Instituto con bastante detalle:
Las mañanas se inician con oración y misa en la capilla. Siguen el desayuno en el comedor, donde se cruzan español (en variantes peninsulares y americanas), italiano (franciscanos, profesores invitados), francés (dominicos de la École), inglés (biblistas anglófonos) y el árabe del personal local y las clases en la École Biblique, en el Studium franciscano o en la propia Casa (exégesis, historia de Israel, introducción a la arqueología bíblica, hebreo, griego, árabe moderno). Las tardes alternan entre el estudio en la biblioteca o en las habitaciones y las salidas de campo: murallas, Ciudad de David, valle del Cedrón e Hinom, Monte de los Olivos, Betania, Betfagé, Emaús, Ein Karem, desierto de Judea; los itinerarios se repiten curso tras curso, pero cambian las preguntas y las discusiones. Por las noches, la cena común, el intercambio de noticias, la discusión de artículos o hallazgos recientes; tertulias donde se mezclan cuestiones bíblicas, noticias de la situación política, relatos de peregrinos y anécdotas del día en los yacimientos.
El comedor de la Casa es, como recuerda
más de un antiguo residente, un espacio privilegiado para percibir la
“internacionalidad” de Jerusalén: en una misma mesa se pueden oír castellano,
italiano, francés, inglés, algo de alemán, hebreo moderno y árabe. Esa
polifonía lingüística forma parte de la propia experiencia científica: aprender
arqueología de Jerusalén es, también, aprender a moverse entre lenguas,
tradiciones exegéticas y escuelas nacionales.
Para muchos
residentes, la estancia en la Casa de Santiago es la primera ocasión de salir
de España y convivir en una comunidad académica internacional; ver directamente
los lugares tantas veces leídos en el texto bíblico; integrar en su forma de
enseñar y predicar referencias topográficas y arqueológicas que ya no son “de
manual”, sino fruto de la experiencia vivida.
En su balance titulado “La labor arqueológica del Instituto Español Bíblico y Arqueológico de Jerusalén (1956–1988)”, Joaquín González Echegaray distingue varias líneas de trabajo. En la formación básica se incluyen cursos de introducción a la arqueología bíblica (historia de la disciplina, métodos de excavación, lectura de estratigrafías); seminarios sobre la historiografía de las excavaciones en Jerusalén (de Robinson y Warren a Kenyon, Mazar, etc.). Las salidas de campo sistemáticas comprenden recorridos topográficos por Jerusalén y su entorno (Ciudad Vieja, “Ophel”, Ciudad de David, valles del Cedrón e Hinom) o visitas a yacimientos clásicos de la tradición cristiana (Getsemaní, Campo de los Pastores, Betania, Betfagé, Emaús), con comentarios “sobre el terreno” y bibliografía en mano. También hay una participación en campañas, en colaboración con las excavaciones dirigidas por la Custodia franciscana, por ejemplo en Khirbet Siyar el-Ghanam (Campo de los Pastores), y en otros sitios de Tierra Santa; destaca la presencia de estudiantes y profesores del IEBA en campañas internacionales, donde la aportación española se manifiesta tanto en la mano de obra cualificada como en la difusión posterior de los resultados.
En el apartado pedagógico, domina el trabajo de síntesis en castellano.
Con la elaboración de manuales, artículos y materiales de divulgación que
traducen debates y resultados al español; y la organización de cursos y
semanas bíblicas en España, donde la experiencia de Jerusalén se transmite a
seminarios, universidades y parroquias. En este sentido, el IEBA funciona como
un traductor y amplificador de la arqueología de Jerusalén: no genera una
“escuela nacional” separada, sino una forma hispánica de recibir, reelaborar y
difundir el conocimiento arqueológico sobre la ciudad.
La huella de la
Casa de Santiago se percibe en varios planos: la red de antiguos residentes
(sacerdotes, religiosos, laicos) que vuelven a sus diócesis y universidades con
un mapa mental de Jerusalén extremadamente preciso; la producción de manuales
y estudios en español sobre Biblia y arqueología, donde la familiaridad con el
terreno de Jerusalén es evidente; las becas y convocatorias de la UPSA y
la Conferencia Episcopal que siguen enviando cada año estudiantes a la Casa.
Más que una
“misión arqueológica nacional”, la presencia española en Jerusalén se despliega
en forma de capilaridad hermenéutica: la manera en que se explica la Biblia en
español, se dibujan los mapas de Tierra Santa y se predica sobre Jerusalén
poquísimo tendría que ver con la experiencia arqueológica si no existieran el
IEBA, el Colegio del Pilar y las redes que articulan.
Los volúmenes en prensa de Bajo el cielo de Oriente. Crónica de Francisco Roque Martínez Aguinaco, O.F.M. (1877–1944) en Egipto y Tierra Santa permiten seguir casi año por año la trayectoria de Francisco Martínez Roque, figura clave para entender los vínculos entre España, Egipto y los Santos Lugares.
Formado en
casas franciscanas de Andalucía, Roque es destinado a Alejandría, donde actúa
como capellán de la colonia española, gestor de obras sociales (escuelas,
dispensarios, ayudas a enfermos y soldados) y mediador entre coleccionistas
locales, autoridades egipcias y el Museo Arqueológico Nacional.
Su
correspondencia con José Ramón Mélida, director del MAN, documenta el envío de
estatuas, vasos, monedas, amuletos y tejidos, las gestiones administrativas
para legalizar adquisiciones y donaciones, la concesión de la Orden de Isabel
la Católica a Roque y a colaboradores como José Marini, en agradecimiento por
los servicios prestados al museo. En una carta de 1925, Mélida agradece
expresamente el envío de una “mano de momia” y de una estatua relacionada con
un “joven faraón”, que se identificará luego como Tutankhamón. Ese intercambio
epistolar sitúa a Roque en la vanguardia de la recepción española de la
egiptología: lee las noticias que llegan de Inglaterra, comenta los avances de
las excavaciones y ajusta las narrativas museísticas madrileñas a la luz de lo
que ocurre en el Valle de los Reyes.
En 1931, Roque es enviado a Jerusalén como Procurador General de la Custodia de Tierra Santa. Desde ese puesto adquiere terrenos en torno al Cenáculo y promueve la construcción del convento de Monte Sión, coordina obras y restauraciones en santuarios como el Monte Tabor, el Monte Nebo y el Campo de los Pastores, impulsa la reforma del Colegio del Pilar y otras obras educativas y sociales y canaliza ayudas durante la guerra del Rif y la Guerra Civil española, gestionando repatriaciones y socorros.
Los informes de
Tierra Santa y Roma para 1933 hablan
de centenares de obreros empleados en obras y excavaciones, de miles de panes
distribuidos semanalmente, de colonias escolares y de escuelas gratuitas. En
ellos la actividad arqueológica aparece
integrada en un proyecto más amplio de presencia social, pastoral y
diplomática. Roque encarna, así, la figura del intermediario múltiple: entre
Egipto y España, entre Jerusalén y Madrid, entre el mundo científico y el mundo
devocional.



