Se ofrece la quinta entrega de la contribución iniciada en julio de 2026, en https://fmarcosmarin.blogspot.com/2026/07/jerusalen-las-huellas-y-sus-ecos.html , continuada en agosto en https://fmarcosmarin.blogspot.com/2026/08/jerusalen-y-sus-ecos-peregrinaciones-y.html y en https://fmarcosmarin.blogspot.com/2026/08/ecos-de-jerusalen-y-la-casa-de-santiago.html y en septiembre en https://fmarcosmarin.blogspot.com/2026/09/ecos-de-tierra-santa-en-una-relacion.html. El enfoque adoptado continúa siendo deliberadamente interdisciplinar, en el sentido fuerte del término: no se limita a “sumar” perspectivas, sino que se sitúa en el cruce de tres campos principales: arqueología e historia, filología y ciencias de las religiones, estudios de memoria.
Las páginas anteriores de este cuaderno sólo se entienden bien si se sitúan sobre el fondo más amplio de la historia arqueológica de Jerusalén. Haremos una síntesis amplia y documentada que permita al lector situarse: cómo y cuándo se ha excavado Jerusalén, quiénes han definido sus relatos arqueológicos y cómo se cruzan ciencia, Biblia, política y memoria.
Tomamos como hilos principales la obra de Katharina Galor sobre arqueología e ideología en Jerusalén y la panorámica de Margreet L. Steiner sobre “ciento cincuenta años de excavaciones”, integradas con manuales como el de W. Harold Mare (Adventist Archives) y con la síntesis divulgativa —pero muy rica en datos— de la Biblical Archaeology Society. Sobre ese telón de fondo se proyectarán después los “ecos españoles” que ya hemos analizado y los que retomaremos más adelante.
La historia arqueológica de Jerusalén no empieza con los arqueólogos. Durante siglos fueron los peregrinos y viajeros quienes ofrecieron las primeras descripciones sistemáticas de la ciudad: desde el Itinerarium Burdigalense y la peregrina Egeria en la Antigüedad tardía, pasando por itinerarios medievales latinos, griegos y árabes, hasta las guías impresas de la Edad Moderna.
Todos estos textos comparten tres rasgos: Una topografía devota: la ciudad se describe como un tejido de lugares santos —Santo Sepulcro, Gólgota, Cenáculo, Getsemaní— cuya identificación se apoya en tradiciones litúrgicas más que en criterios arqueológicos. Una sensibilidad hacia las ruinas: los peregrinos hablan de muros caídos, cimientos visibles, pavimentos antiguos, grutas y cisternas; pero los describen ante todo como “huellas” de episodios bíblicos o de cruzadas, no como estratos históricos. Una tendencia a la compilación: cada guía recoge, corrige o amplía las anteriores.
La historiografía reciente ha mostrado cómo, hasta bien entrado el siglo XIX, muchas lecturas europeas —incluidas las hispánicas— dependían de estas guías multilingües, que fijaban una cartografía simbólica de Jerusalén que luego la arqueología tendría que discutir, matizar o confirmar.
Entre los siglos XVIII y XIX aparecen dos nuevas figuras: el topógrafo militar y el geógrafo bíblico. Se trata de ingenieros, oficiales y eruditos que levantan planos precisos, miden cotas, distancias y perfiles de valle, y empiezan a correlacionar el texto bíblico con el relieve observado.
Un hito en este proceso es la obra de Edward Robinson, que en 1838 recorrió la ciudad y sus alrededores e identificó, por ejemplo, el arco que hoy lleva su nombre como parte de una monumental escalinata de acceso al recinto del templo. Su Biblical Researches in Palestine (1841) combina filología, toponimia y observación directa, y puede considerarse uno de los primeros intentos de “exégesis sobre el terreno” en Jerusalén.
En este estadio aún no hay excavaciones sistemáticas, pero sí una voluntad de releer el paisaje con instrumentos de medición y con una sensibilidad histórica distinta; Jerusalén empieza a entenderse como un palimpsesto de capas, aunque todavía no se hayan abierto trincheras para comprobarlo.
El nacimiento de la arqueología de Jerusalén puede situarse, en un brochazo, entre 1860 y 1917. En 1865 se fundó en Londres el Palestine Exploration Fund (PEF), primera gran institución dedicada a estudiar científicamente “la tierra de la Biblia”. Sus protagonistas iniciales en Jerusalén fueron Charles Wilson y Charles Warren, oficiales británicos con formación en ingeniería.
Entre 1867 y 1870, Warren realizó una serie de sondeos espectaculares en torno a la Explanada del Templo: abrió pozos verticales y galerías subterráneas para estudiar los cimientos de las murallas, los accesos monumentales y el sistema hidráulico que conecta el manantial del Gihón con la ciudad alta. Descubrió el llamado “Pozo de Warren” y documentó tramos de muralla y estructuras subterráneas que siguen siendo fundamentales para la discusión actual.
Los informes del PEF —las Quarterly Statements— combinan memorias técnicas, planos, secciones y dibujos. Vistos con distancia, adolecen de falta de control estratigráfico y de una clara agenda “bíblica” (confirmar relatos escriturísticos), pero constituyen la primera base sistemática para una arqueología de Jerusalén.
En paralelo a las iniciativas británicas, se intensificó la presencia de instituciones confesionales europeas: en 1890, los dominicos fundaron en Jerusalén la École Pratique d’Études Bibliques, que pronto se transformaría en la École Biblique et Archéologique Française. Desde 1892 publica la Revue Biblique, donde se recogen resultados de excavaciones y prospecciones en Jerusalén y en otros lugares de Tierra Santa. Órdenes y sociedades alemanas, austríacas y rusas crearon casas de estudios, hospicios y misiones, que combinaban trabajo pastoral, diplomacia y, progresivamente, investigación científica. Los nombres de L.-H. Vincent, F.-M. Abel y, más tarde, P. Benoit se asocian a los primeros repertorios de topografía histórica de Jerusalén, que intentaban coordinar las fuentes literarias (bíblicas, talmúdicas, patrísticas) con los datos obtenidos en el terreno. Confirmando la intuición de los topógrafos decimonónicos, Jerusalén empieza a verse y describirse como una ciudad estratificada.
El mandato británico puede tomarse como el tiempo de inicio de una revolución estratigráfica (1917–1967). La entrada de las tropas británicas en Jerusalén en 1917 y el establecimiento del Mandato sobre Palestina (1922–1948) marcaron el comienzo de una nueva fase. La ciudad, convertida en capital administrativa, se transformó en un laboratorio de arqueología urbana. De la búsqueda de “tesoros” se pasó a la estratigrafía.
En las primeras décadas del Mandato, muchas excavaciones siguieron siendo de tipo “clásico”: se buscaba localizar murallas, puertas y grandes edificios, con cierto descuido respecto de los niveles menos espectaculares. Sin embargo, se consolidó ya la idea de que Jerusalén debía excavarse con criterios de secuencia estratigráfica y que los hallazgos debían situarse en un marco regional (Judá, Samaria, Galilea).
La auténtica revolución metodológica llegó con la figura de Kathleen M. Kenyon. Entre 1961 y 1967, Dame Kathleen Kenyon dirigió una serie de campañas en Jerusalén, centradas en la zona tradicionalmente identificada como la Ciudad de David, al sur de la Explanada del Templo. Aplicó allí el método que había desarrollado en Jericó: excavación en cuadrículas estrechas con muros testigo, registro meticuloso de niveles y una atención obsesiva a la estratigrafía.
Sus resultados, publicados con retraso pero de impacto duradero, pueden resumirse en tres grandes aportes: Clarificación de la secuencia de ocupación desde la Edad del Bronce Medio hasta el período romano, mostrando que la historia urbana de Jerusalén es más compleja y con más vacíos de lo que se suponía. Documentación detallada de los sistemas defensivos en torno al manantial del Gihón y de las obras hidráulicas asociadas (canales, túneles, estructuras de protección). Revisión crítica de algunas identificaciones tradicionales de murallas y puertas, obligando a replantear la atribución de ciertas estructuras al rey Ezequías o a otros monarcas.
La figura de Kenyon ha sido objeto de elogios y críticas. Hershel Shanks —uno de los divulgadores de la Biblical Archaeology Society— la llamó irónicamente “la dama de la estratigrafía con pies de barro” por la rigidez con la que aplicaba su método en algunos contextos. Pero incluso sus críticos reconocen que sus excavaciones marcaron un antes y un después en la arqueología de Jerusalén: a partir de Kenyon, nadie puede excavar la ciudad sin hablar de niveles, fases y cortes estratigráficos.
Mientras Kenyon trabajaba con licencia jordana, otros arqueólogos —sobre todo israelíes— se fueron convirtiendo en “pilares de la arqueología de Jerusalén”, para usar la expresión de algunos dossiers recientes.
Benjamin Mazar, con las excavaciones al pie del Muro Occidental y en la zona sur de la Explanada (1968–1978), reveló tramos monumentales de la ciudad herodiana: escalinatas, calles pavimentadas, mikva’ot (baños rituales), restos de arcos y muros de contención.¹⁷ Nahman Avigad, trabajando en el barrio judío tras 1967, puso al descubierto la llamada “Casa Quemada”, la “Casa del Sacerdote”, secciones de murallas hasmoneas y bizantinas, así como tramos del Cardo romano-bizantino y de la iglesia de la Nea. Yigal Shiloh retomó y amplió las excavaciones en la Ciudad de David (1978–1985), para aportar datos sobre la trama residencial de la Edad del Hierro y la organización del área en torno al Gihón.
Las síntesis divulgativas de la Biblical Archaeology Society y artículos de G. Wheeler subrayan cómo estos nombres —Kenyon, Mazar, Avigad, Shiloh— constituyen el núcleo de la arqueología “clásica” de Jerusalén en el siglo XX.
La guerra de los Seis Días (1967) y la posterior anexión de Jerusalén Este por Israel abrieron una etapa completamente nueva: aumentaron las posibilidades materiales de excavar, pero también se agudizaron las dimensiones políticas e identitarias de la arqueología. De ello nos ocupremos en el próximo cuaderno.



