Sunday, November 8, 2026

Ecos bajo la ciudad: arqueología, política y memoria en la Jerusalén contemporánea

Esta es la sexta entrega de la serie dedicada a Jerusalén, sus huellas y sus ecos. En las anteriores hemos recorrido la presencia española en Tierra Santa, las peregrinaciones, el Colegio del Pilar, la Casa de Santiago, la singular relación de Alfonso XIII con Howard Carter y, en la última, el desarrollo de la arqueología de Jerusalén hasta las grandes excavaciones del siglo XX. Llegamos ahora a un momento decisivo: 1967.

El enfoque continúa siendo deliberadamente interdisciplinar, en el sentido fuerte del término. No se trata de sumar datos arqueológicos, comentarios históricos, observaciones filológicas y referencias religiosas como piezas independientes, sino de situarnos en el lugar donde se cruzan tres perspectivas: arqueología e historia, filología y ciencias de las religiones, estudios de memoria. Jerusalén obliga a hacerlo. Pocas ciudades muestran con tanta claridad que excavar un muro puede ser, al mismo tiempo, investigar el pasado, interpretar un texto y modificar una memoria colectiva.

1967: una fecha que cambia también la arqueología

La guerra de los Seis Días y la posterior anexión de Jerusalén Este por Israel modificaron profundamente las condiciones políticas, urbanas y científicas en las que se desarrollaba la investigación arqueológica. Desde finales de los años sesenta aumentaron las excavaciones, se ampliaron las zonas accesibles y se emprendieron proyectos de una escala desconocida hasta entonces.

Las excavaciones dirigidas por Benjamin Mazar al sur de la Explanada del Templo y junto al Muro Occidental revelaron aspectos monumentales de la Jerusalén herodiana: calles pavimentadas, escalinatas, baños rituales, arcos y grandes muros de contención. Nahman Avigad trabajó en el Barrio Judío, donde se hallaron viviendas, murallas, restos del Cardo romano-bizantino y edificios que permitieron reconstruir distintas fases de la ciudad. Yigal Shiloh volvió a excavar en la Ciudad de David y profundizó en el conocimiento de la trama urbana de la Edad del Hierro y del entorno del manantial del Gihón.

La arqueología de Jerusalén adquirió así una capacidad extraordinaria para hacer visible la ciudad antigua.

Pero esa mayor capacidad traía consigo una cuestión inevitable: ¿qué Jerusalén se hacía visible?

La pregunta es relevante porque excavar nunca consiste simplemente en retirar tierra. Hay que decidir dónde se excava, qué niveles se conservan, cuáles se desmontan para llegar a estratos anteriores, qué hallazgos se consideran especialmente significativos y, finalmente, cómo se presentan al público.

En una ciudad como Jerusalén, esas decisiones tienen una resonancia excepcional.

A partir de los años ochenta se desarrollaron grandes espacios arqueológicos visitables. La Ciudad de David se convirtió progresivamente en un parque donde el visitante puede recorrer restos que abarcan desde la Edad del Bronce hasta el periodo bizantino. El área situada junto al Muro Occidental presenta la monumentalidad de la Jerusalén del Segundo Templo. El Ophel permite aproximarse a fortificaciones y construcciones próximas a la Explanada. Los túneles ofrecen acceso a estructuras que durante siglos permanecieron ocultas bajo la ciudad.

El resultado científico y cultural es impresionante. Pero toda presentación del pasado selecciona.

La arqueología israelí ha otorgado una importancia reconocida a los periodos del Primer y del Segundo Templo y a la continuidad histórica judía en Jerusalén. Investigadores e instituciones palestinas han insistido, por su parte, en la profundidad de las fases cananeas, romanas tardías, bizantinas e islámicas, así como en la continuidad histórica de las comunidades árabes, musulmanas y cristianas.

No conviene reducir estos mundos científicos a dos bloques homogéneos. Dentro de cada uno existen escuelas, debates y desacuerdos importantes. Pero sí resulta evidente que la arqueología de Jerusalén se desarrolla en un espacio en el que las interpretaciones del pasado tienen consecuencias contemporáneas.

Por ello intervienen también organismos internacionales, instituciones responsables del patrimonio, universidades, comunidades religiosas y organizaciones locales. Las excavaciones próximas al Haram al-Sharif o Monte del Templo, los recorridos subterráneos y la transformación de determinados sectores en parques arqueológicos suscitan debates que son científicos, pero también urbanísticos, religiosos y políticos.

Jerusalén nos recuerda así algo elemental que a veces se olvida: los restos arqueológicos pertenecen al pasado, pero se excavan en el presente.

La arqueología contemporánea dispone de instrumentos que los primeros excavadores del siglo XIX difícilmente habrían podido imaginar.

La prospección geofísica permite detectar anomalías y posibles estructuras sin abrir inmediatamente una zanja. Las técnicas de datación son mucho más precisas. El análisis de residuos microscópicos puede ofrecer información sobre actividades humanas invisibles a simple vista. Los sistemas de información geográfica permiten relacionar miles de datos espacialmente. La fotogrametría y los escáneres tridimensionales registran edificios y excavaciones con una precisión extraordinaria.

A ello se suman las reconstrucciones digitales. Hoy es posible superponer en una pantalla diferentes etapas de Jerusalén, reconstruir hipotéticamente edificios desaparecidos, comparar trazados urbanos y relacionar un hallazgo con otros cientos de datos.

La tecnología mejora la observación. No suprime, sin embargo, la necesidad de interpretar.

Un muro puede medirse con precisión milimétrica. Otra cosa es determinar su fecha, su función, quién ordenó construirlo y qué relación tiene con un texto escrito siglos antes o después. Un modelo digital puede reconstruir un edificio; pero esa reconstrucción depende de hipótesis previas.

Aquí aparece uno de los grandes cambios en la arqueología de Jerusalén durante el último medio siglo.

Durante mucho tiempo se habló con naturalidad de «arqueología bíblica». La expresión respondía a una concepción bastante precisa: la excavación podía proporcionar pruebas materiales que confirmaran los relatos de la Escritura.

La búsqueda estaba orientada en consecuencia. Se intentaba localizar el palacio de David, identificar las murallas de Ezequías o Nehemías, reconstruir el templo de Salomón o encontrar las huellas de las destrucciones narradas en los textos bíblicos.

Esta forma de aproximación produjo resultados notables. También generó un problema metodológico: se corría el riesgo de empezar por el texto, convertirlo en un mapa y tratar de acomodar después los restos materiales a lo que previamente se esperaba encontrar. La arqueología actual opera con mayor cautela.

Uno de los ejemplos más conocidos se encuentra en la Ciudad de David. Algunas grandes estructuras allí descubiertas han sido interpretadas como posibles restos vinculados a la Jerusalén monumental de tiempos de David. Eilat Mazar defendió esa cronología temprana y relacionó determinadas construcciones con el mundo descrito en los relatos bíblicos. Otros arqueólogos, entre ellos Israel Finkelstein, David Ussishkin o Ronny Reich, han propuesto cronologías distintas o han advertido que los datos disponibles no permiten una identificación tan directa.

De ahí surgieron debates que con frecuencia se reducen a las etiquetas de «maximalistas» y «minimalistas». Para el público no especializado, quizá lo más importante no sea decidir qué etiqueta corresponde a cada investigador, sino comprender el cambio metodológico que se ha producido: la Biblia ya no puede funcionar como una plantilla sobre la cual se coloca la excavación.

La arqueología se convierte en interlocutora del texto. A veces lo confirma. Otras veces lo matiza. Puede obligar a reconsiderar una fecha, una dimensión urbana o una interpretación histórica. Y también puede ocuparse de aspectos sobre los que el texto bíblico apenas dice nada.

Ese desplazamiento ha ampliado enormemente la arqueología de Jerusalén. La investigación ya no se limita a reyes, templos, murallas y conquistas. Estudia también viviendas, talleres, vertederos, sistemas de abastecimiento de agua, hábitos alimentarios, enfermedades, movimientos de población y modificaciones de los barrios.

Un basurero puede resultar tan informativo como una fortificación. Una cisterna puede explicar mejor el crecimiento urbano que una inscripción real. Los residuos orgánicos pueden decirnos qué comía una población, de dónde procedían determinados productos o qué enfermedades padecían sus habitantes. La Jerusalén que emerge de esta arqueología es menos espectacular, pero más humana.

Se puede seguir la transformación de una población cananea en una ciudad de la Edad del Hierro; observar las modificaciones de las épocas helenística y romana; estudiar cómo cambian los barrios bajo el dominio bizantino, musulmán, cruzado, mameluco u otomano. La ciudad deja entonces de aparecer como una sucesión de episodios bíblicos y se convierte en un laboratorio de historia urbana de larguísima duración.

La Biblia sigue siendo una voz fundamental, pero no es la única.

Hay otra transformación decisiva: la arqueología de Jerusalén se ha convertido en una experiencia física para millones de visitantes.

Los túneles del Muro Occidental permiten caminar junto a estructuras situadas bajo la ciudad contemporánea. En la Ciudad de David se recorren sistemas hidráulicos antiguos, incluido el conocido túnel de Ezequías. Pasarelas, iluminación y explicaciones audiovisuales convierten el subsuelo en un espacio visitable.

La experiencia puede ser extraordinaria. Quien desciende unos metros comprende de inmediato lo que significa una ciudad estratificada. Sobre una construcción antigua se levantó otra; sobre ésta, otra más. Muros que pertenecieron a edificios separados por siglos se encuentran hoy a poca distancia entre sí.

Pero la experiencia plantea una nueva cuestión: ¿qué relato acompaña el recorrido? Un visitante no recibe únicamente piedras. Recibe una narración.

Los centros de interpretación explican qué está viendo, proponen fechas, identifican personajes, reconstruyen edificios y seleccionan imágenes. En algunos casos presentan modelos tridimensionales de la Jerusalén de David, Nehemías o Herodes. Así se crea una ciudad que es simultáneamente antigua y contemporánea: antigua por los restos; contemporánea por la forma en que esos restos se ordenan y se explican.

Algo semejante sucede en los museos. El Israel Museum, el Rockefeller Museum, el Tower of David Museum y las colecciones eclesiásticas custodian objetos extraordinarios. Pero un museo nunca es simplemente un almacén.

Seleccionar una inscripción, colocar junto a ella una cerámica, reproducir un plano y situar los tres elementos bajo un título ya crea una relación entre ellos. El visitante construye una historia mediante esa secuencia.

Las grandes maquetas de Jerusalén, las reconstrucciones del Segundo Templo y las representaciones digitales han adquirido, además, una enorme circulación internacional. Se reproducen en documentales, manuales escolares, libros religiosos, páginas de internet y materiales utilizados por peregrinos.

De ese modo, una interpretación arqueológica realizada en Jerusalén puede terminar formando parte de la imaginación de alguien que nunca ha visitado la ciudad.

Aquí reaparece la idea central de esta serie: los ecos.

Una excavación produce objetos y datos. Produce también imágenes, palabras y memorias.

Una calle herodiana reconstruida junto al Muro Occidental puede aparecer más adelante en un documental visto en Madrid, Buenos Aires o Ciudad de México. Un plano de la Ciudad de David puede incorporarse a un manual bíblico. Una hipótesis arqueológica puede terminar, después de varias mediaciones, en la explicación de un guía o incluso en una homilía.

La arqueología viaja.

Y al viajar se traduce.

Esa traducción no afecta sólo a las palabras. Afecta también a las imágenes y a las categorías con las que se piensa el pasado. «Ciudad de David», «Primer Templo», «Jerusalén herodiana», «periodo cruzado» o «ciudad islámica» no son simples etiquetas cronológicas: organizan la percepción de la ciudad.

Por eso, el estudio de Jerusalén exige mantener unidas las tres perspectivas con las que iniciamos esta entrega. La arqueología y la historia permiten establecer qué restos existen y cómo pueden fecharse. La filología y las ciencias de las religiones examinan los textos, los nombres y las tradiciones relacionados con esos restos. Los estudios de memoria preguntan cómo una sociedad selecciona, conserva y transmite unas capas del pasado y no otras.

Ninguna de estas perspectivas basta por sí sola.

Jerusalén es quizás el lugar donde esa insuficiencia se hace más visible. Bajo las calles de la ciudad permanecen todavía muchos siglos sin excavar. Sobre ellas circulan habitantes, creyentes, turistas y arqueólogos. Entre unos y otros se construyen continuamente nuevos relatos.

Enlaces a las entregas anteriores:

La serie fue iniciada en julio de 2026, en https://fmarcosmarin.blogspot.com/2026/07/jerusalen-las-huellas-y-sus-ecos.html , continuada en agosto en https://fmarcosmarin.blogspot.com/2026/08/jerusalen-y-sus-ecos-peregrinaciones-y.html y en https://fmarcosmarin.blogspot.com/2026/08/ecos-de-jerusalen-y-la-casa-de-santiago.html , en septiembre en https://fmarcosmarin.blogspot.com/2026/09/ecos-de-tierra-santa-en-una-relacion.html y en octubre en Francisco A Marcos-Marín: Jerusalén excavada: de los ecos de relatos a la historia arqueológica 

Créditos de imágenes:

1. Excavaciones de Givati, Ciudad de David. Muestra físicamente la superposición de estratos, excavación, pasarelas y ciudad contemporánea. Autor: Hanay. Licencia CC BY-SA 3.0. Wikimedia Commons Crédito: Foto: Hanay / Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0. Imagen y descarga en Wikimedia Commons

2. Muro Occidental en el Parque Arqueológico / Davidson Center.Autor: Deror avi. Puede utilizarse bajo CC BY-SA 3.0. Wikimedia Commons. Crédito: Foto: Deror avi / Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0. Imagen y descarga en Wikimedia Commons

3. Interior del túnel de Ezequías.  Autor: Ian Scott. Licencia CC BY-SA 2.0. Wikimedia Commons. Crédito: Foto: Ian Scott / Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.0. Imagen y descarga en Wikimedia Commons

4. Maqueta de Jerusalén del período del Segundo Templo, Israel Museum. Autor: Ariely. Licencia CC BY 3.0. Wikimedia Commons. Crédito: Foto: Ariely / Wikimedia Commons, CC BY 3.0. Imagen y descarga en Wikimedia Commons

5. Patio del Rockefeller Archaeological Museum. La fotografía de Talmoryair está bajo CC BY-SA 3.0. Jacaranda FM Crédito: Foto: Talmoryair / Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0. Imagen y descarga en Wikimedia Commons