Monday, December 22, 2014

Reflexión histórica con felicitación navideña

     
Estas reflexiones se sitúan en una época y afectan a personajes y acontecimientos bien definidos y fácilmente relacionables. Se trata de un momento en el cual se ha producido una gran relajación de la moral. La religión, aunque socialmente mayoritaria, se ha convertido más en un símbolo de identidad que de renovación espiritual, más en una costumbre que en una aspiración. Al sur, además, se remueven negras masas integristas. La sociedad parece haber perdido su orientación, la apetencia del poder mantiene a gobernantes en los que el pueblo ya no cree, mientras que éste se complace en una mera supervivencia agradecida a los favores del poderoso, sin otro horizonte, sin estímulo. Es un pueblo que teme a la vez a los causantes de su desgracia y a quienes le proponen una drástica renovación. La ciudad se degrada, las calles antes limpias y ordenadas han dado paso a una colección de mendigos, de pleitistas revoltosos, de falsos predicadores que prometen una salvación por medios puramente naturales, ya no son seguras, nadie confía en la policía, en los jueces, en el gobierno, nadie cree, todo invita a la relajación, a la banalidad, al adormecerse en los placeres. Todo es más caro, el dinero vale cada día menos y los responsables de la hacienda pública buscan continuamente cómo conseguir más dinero, siempre insuficiente, a base de impuestos y arbitrios. No conviene ahorrar, es mejor darse a todo tipo de caprichos, de lujos, de extravagancias. No queda casi espacio para la poesía:

El mundo es como ves: haz por gozar tus días,
cada día y cada noche, sin dejarte de parrandas:
despáchate en él a gusto antes que tu muerte venga.
¿No te parece desgracia morir cuando todos viven?

    
La ciudad, como el lector ya habrá adivinado, es Córdoba y la época inconfundible es el comienzo del siglo XII. El poeta es Abén Quzmán. Falta muy poco para que el poder de los almorávides suceda a la relajación de los reinos de Taifas, pero será basado en la hipocresía, no en la convicción, nuevas taifas se vislumbran en lontananza y volverán a dar paso a un nuevo período de fuerte opresión religiosa bajo los almohades, un siglo después. Podemos preguntarnos por qué se considera que esta época fue un momento de encuentro y de convivencia, cuando la realidad histórica nos indica que lo fue de feroces enfrentamientos y sangrientas batallas, de rapiñas institucionalizadas.

                                                En so comienço (del reinado de Alfonso VII, 1108 JC) fue luego et çerco la çipdat de Coria, et tomola et fizo y, con don Bernaldo primas de Toledo, obispo que ouiera y en tiempo de los godos ... Et refizo la çipdat, et dexola bien affortalada como se deffendiesse de los moros; et el fue adelant con su hueste, corriendo et quebrantando et robando tierra de Luzenna, que son las riberas del Guadiana, ganando de los moros las fortalezas et de la tierra todo lo mas.

  
   Una interpretación deficiente -y tal vez interesada- trata de achacar a Américo Castro un falso concepto de la historia de España, el de que la Edad Media era un modelo de convivencia, destruido por los Reyes Católicos con la expulsión de los judíos y liquidado por la casta triunfadora, la de los cristianos, con la expulsión de los moriscos, a principios del XVII. Tal simplificación es inadmisible y contrasta vivamente con la honda preocupación del maestro por encontrar un tipo de equilibrio cuya ruptura abriera los portones a los jinetes apocalípticos. La denuncia de don Américo apunta a algo muy diferente, al peligro de identificar un otro en el que se concentra todo lo que uno no es, todo lo que teme, hasta no ver más horizonte que la aniquilación de ese otro como única vía de la propia salvación.

     La época y la obra de Abén Quzmán nos aportan ciertos datos dignos de consideración, en varios aspectos, tan curiosamente modernos, por no decir permanentes, como los que nos servían para situar nuestra exposición, al comienzo de la misma.