Saturday, March 1, 2014

Etimologías populares

Con frecuencia nos preguntamos por el origen de las palabras. El hablante busca siempre, de alguna manera, una relación entre la palabra y el objeto. Puede ser una asociación sinestésica, o sea, la que se da entre la palabra y uno de los cinco sentidos o, con más frecuencia de la que se supondría, una asociación etimológica, es decir, una conexión con el origen de la palabra. Cuando damos con el origen real, se trata de una etimología real y cierta; pero cuando damos con una etimología que no es real, aunque nos parezca plausible, se trata de lo que se llama, técnicamente, una etimología popular, Volksetymologie, que es lo mismo, pero en alemán, que queda más serio.
El diccionario académico define así este proceso: "Interpretación espontánea que se da vulgarmente a una palabra relacionándola con otra de distinto origen". No se puede decir que sea una definición maravillosa. Acudiendo al griego, que para eso está, se hubiera podido definir como para-etimología, o paretimología, proceso histórico de formación de palabras por el cual una palabra desconocida, con frecuencia un préstamo, es decir, una palabra tomada de otra lengua, se reinterpreta por su parecido formal con una palabra de la lengua receptora y se adapta a ésta. 
Benevento
Está bien, por lo tanto, empezar por el latín y estudiar el proceso en un topónimo, un nombre de lugar, que es también un préstamo y en el que se da una de las condiciones que son más frecuentes en estas paraetimologías, el deseo de "mejorar" un nombre, en este caso el nombre de la ciudad de Benevento, en Italia, unos cincuenta kms. al nordeste de Nápoles, en la Campania. El nombre originario procede de una lengua itálica pariente del latín, el osco, donde sería algo como Malies o Malocis, que en latín pasaría a ser algo como Maloenton.  El final -enton / ento queda parecido y es fácil entender que entre la -o final de Malo- y la e- inicial de -enton, que forman un hiato, se desarrollara lo que se llama un sonido homorgánico (de articulación parecida a los sonidos en contacto). Para romper el hiato o-e, u/v sería el sonido homorgánico (sin detalles),  de manera que, también, se llegaba a una asociación fácil con -vento; pero ¿qué ocurrió con el principio? Pues que lo del Mal-vento no parece un bonito nombre para una ciudad y el Mal se convirtió en Bien: Benevento es un nombre muy aceptable y un estupendo ejemplo de todo lo que le puede ocurrir a una palabra cuando los hablantes se empeñan en transformarla, "mejorándola". De Malies o Malocis a Beneventum / Benevento hay que reconocer que se da mucho espacio a la imaginación. Así es también la Filología.
Olmeda de las Fuentes
Esto no sólo pasa en latín, sino en todas las lenguas. En español tenemos ejemplos con final etimológico infeliz o feliz. Un ejemplo del primer caso es el de Olmeda de las Fuentes, en Madrid, nombre actual de un lugar histórico, con restos arqueológicos de la edad del Bronce (1700 a.J. C.), en el que, además, se juró la Constitución liberal de 1812. Conocido anteriormente como Olmeda de la Cebolla, en 1953 inició los trámites para el cambio de denominación y pasó a llevar el nombre actual. Si los habitantes de Olmeda de la Cebolla hubieran sabido que ese "Cebolla" era producto de la transformación de una palabra árabe por etimología popular, podrían haber elegido un nombre del mismo significado que tenía la palabra árabe. La palabra española "cebolla" no tiene nada que ver con el nombre originario del lugar. Esa "cebolla" no es sino una adaptación del diminutivo árabe que la palabra que significa 'monte', ğabal. La forma de diminutivo, ğubaila, es, por lo tanto, 'montecito'. En algún momento, en la Edad Media, tras la Reconquista en el siglo XI, los hablantes de la localidad, ignorantes ya de lo que era ğubaila, que pronunciarían algo así como "dzobella" o "chobella", buscaron una palabra castellana parecida y encontraron cebolla, que entonces se pronunciaba como "tsebolla".  Olmeda del Montecito habría sido el nombre correcto, sin asociaciones molestas, máxime si se tiene en cuenta que, en efecto, detrás del lugar, entre Olmeda y Nuevo Baztán, hay un montecito o cerro grande.
No ocurrió así, por fortuna, en el caso de otro topónimo de origen árabe, Guarromán, en Jaén, que nada tiene que ver con 'guarro', ni con la cría del cerdo, sino con el nombre árabe de río, wad, cual se conserva en los vecinos Guadalimar, Guadalquivir.
Los cruces y contrastes entre el español y el inglés dan lugar a fenómenos de ida y vuelta. La palabra española Cayo pasó al inglés como Cay. Los hablantes de inglés buscaron rápidamente una palabra propia parecida, a la que adaptar este vocablo que no tenía, para ellos, ninguna asociación, así que decidieron, por etimología popular, convertirlo en Key, como el sustantivo inglés común que significa 'llave'. Así, uno de estos promontorios, el occidental, pasó a llamarse Key West. Por supuesto, al retomarlo en español se volvió a pasar por el tamiz paraetimológico y se convirtió en Cayo Hueso.
Las etimologías populares son extremadamente resistentes, incluso en ambientes académicos, en los que un optimista esperaría una respuesta intelectual. No hay ejemplo más duro que el de la palabra gringo. Está perfectamente atestiguado desde el siglo XVIII que es una deformación ya antigua en español de griego y que se aplicaba a los que hablaban una lengua incomprensible. Como cuando se dice en español actual "esto es chino", se decía "esto es griego", "esto es gringo". Se recoge en los diccionarios desde hace más de doscientos años, es un hecho lingüístico seguro. No sirve de nada. A algún conocedor imperfecto del inglés (porque parece claro que estas adaptaciones son propias de esas mentes) se le ocurrió la etimología popular green go, porque los uniformes de los soldados norteamericanos eran verdes.  Nada que hacer. He pasado docenas de veces por la experiencia de explicar este ejemplo, a mis alumnos, a los colegas (Dios creó a la mujer y el diablo al colega), en charlas pequeñas, en conferencias grandes. Nada. El público es feliz con el green go. Vámonos.