Thursday, January 15, 2026

Leticia Molinero (1942-2026): El rigor de la palabra y la arquitectura del español en los Estados Unidos

El pasado 7 de enero de 2026, la comunidad académica y lingüística internacional recibió con pesar la noticia del fallecimiento de Leticia Molinero en la ciudad de Nueva York. Su partida marca el cierre de un capítulo fundamental y transformador en la historia del español en los Estados Unidos. Leticia no fue solo una traductora de excelencia o una académica de número de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE); fue, ante todo, la arquitecta de un marco teórico y profesional que permitió que el español estadounidense dejara de ser visto como una amalgama informal de dialectos para ser reconocido como una variante nacional, pujante y necesitada de una norma científica propia.

Su obra, dispersa en ponencias magistrales, discursos académicos y en la labor institucional del Research Institute of United States Spanish (RIUSS), constituye un puente necesario entre la tradición filológica hispánica y la compleja realidad sociolingüística de un país donde el español es la lengua minoritaria más hablada del mundo. Para el público culto, su legado es una lección magistral sobre cómo la lengua puede ser, simultáneamente, un objeto de estudio científico y una herramienta de empoderamiento y dignidad social.

La trayectoria vital de Leticia Molinero comenzó en Buenos Aires, ciudad donde nació y forjó sus primeras armas intelectuales. Su formación de base en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA) le otorgó una capacidad analítica y una profundidad humanista que serían la brújula de toda su carrera. Esa "mirada filosófica" le permitió entender que el lenguaje no es sólo un conjunto de reglas gramaticales, sino la estructura misma del pensamiento y la identidad.

Tras su traslado a los Estados Unidos, Molinero no se limitó a la labor académica tradicional. Consciente de que, para defender el idioma en un entorno anglófono, era necesario hablar también el lenguaje del pragmatismo, se especializó en Comunicaciones y Análisis Financiero en la Universidad de Nueva York (NYU). Esta amalgama multidisciplinar —la profundidad de la filosofía argentina y la eficacia técnica estadounidense— fue la clave de su éxito profesional. Entendió temprano que el español en los Estados Unidos no podía ser defendido solo desde la estética literaria; necesitaba ser legitimado por la precisión de los mercados, la claridad de los documentos gubernamentales y la eficacia de la comunicación científica.

Al incorporarse a la Academia Norteamericana de la Lengua Española, Molinero planteó una visión revolucionaria que ella misma denominó "misión bifronte". En su discurso de incorporación en 2011, citando los versos de Rubén Darío —«¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?»—, definió las dos caras de la política lingüística necesaria para los Estados Unidos: (1) La función de recomendación: Alineada con el sistema de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), centrada en mantener la unidad del idioma, corregir calcos innecesarios y ofrecer guías para un uso culto. (2) La función de reconocimiento: Esta fue su aportación más original y valiente. Molinero instó a la Academia a reconocer las variantes propias del español estadounidense que, lejos de ser "errores", eran respuestas funcionales a un entorno bilingüe.

Bajo esta premisa, lideró un hito institucional sin precedentes: el acuerdo entre la ANLE y la Administración de Servicios Generales (GSA) del gobierno federal de los Estados Unidos. Este convenio convirtió a la Academia en la consultora oficial del portal GobiernoUSA.gov. Gracias a su gestión, por primera vez el estándar lingüístico de las comunicaciones federales no fue una importación arbitraria de otros países, sino un español culto, funcional y adaptado a la realidad nacional de los más de 62 millones de hispanohablantes del país.

Uno de los pilares científicos de su obra es la tesis presentada en foros como el Congreso Esletra (2014): "La traducción, vector de evolución de la lengua española". Molinero argumentó con rigor que, en los Estados Unidos, el español formal es, en su inmensa mayoría, una "lengua traducida". A diferencia de los países hispanohablantes, donde el idioma evoluciona de manera orgánica a través del habla popular, que luego pasa a la escritura, en EE. UU. el proceso suele ser inverso.

La terminología técnica, legal, administrativa y médica se crea primero en inglés y llega al español a través del tamiz de la traducción. Por tanto, el traductor no es un mero intermediario, sino un agente lingüístico primordial que pauta la evolución del idioma. Si el traductor falla por falta de preparación, la lengua se degrada en un híbrido incomprensible; si el traductor acierta basándose en una norma científica, la lengua se fortalece.

De aquí nace su defensa de los "estadounidismos". Molinero acuñó este término para identificar palabras y giros que adquieren un significado específico y legítimo en el contexto de EE. UU. (como ciertos usos de "minoría", "elegibilidad" o términos de seguridad social) y que deben ser respetados por su valor comunicativo fundamental, siempre que se mantengan dentro de los parámetros de la gramática española.


En 2015, su visión culminó en la creación del Research Institute of United States Spanish (RIUSS). Molinero estaba convencida de que el debate sobre el español en EE. UU. no podía seguir basándose en anécdotas o prejuicios. RIUSS nació para generar datos. Bajo su dirección, el instituto investigó la comprensión lectora de las comunidades hispanas y la eficacia de la comunicación pública.

Molinero se alejó conscientemente del debate sobre la "pureza" del idioma para centrarse en la dignidad del hablante. Para ella, ofrecer una traducción deficiente o una instrucción pública oscura a un ciudadano hispanohablante era una forma solapada de discriminación y una vulneración de sus derechos civiles. Su labor en RIUSS buscaba elevar el "español de herencia" —ese que muchos jóvenes aprenden en casa pero carece de registros cultos— a un español profesional que les permitiera competir en el mercado laboral y académico.

La obra de Molinero coincide y dialoga con las investigaciones del autor de esta nota, compañero suyo en la ANLE y vicepresidente de RIUSS. Ambos identificamos que la supervivencia del español en los Estados Unidos depende críticamente de su prestigio. Si el español se percibe solo como una "lengua de inmigración" o un dialecto doméstico, corre el riesgo de ser abandonado por las nuevas generaciones en favor del inglés.

Leticia trabajó incansablemente para que el español fuera una lengua de poder, ley y ciencia. Su labor editorial durante once años en la revista Apuntes y sus dos décadas de colaboración en el boletín Glosas sirvieron para profesionalizar a miles de traductores, dotándolos de las herramientas conceptuales para defender la calidad del idioma en sus respectivos ámbitos.

Más allá de sus logros académicos, quienes conocimos a Leticia Molinero coincidimos en destacar su rigor intelectual casi inflexible, que combinaba con una generosidad pedagógica inmensa. No sólo teorizó sobre el idioma desde su despacho en Nueva York; formó a generaciones en la creencia de que cada palabra elegida en un formulario de salud o en un documento de derechos civiles era, en última instancia, un acto de justicia.

Su visión del español como lengua nacional de los Estados Unidos, sostenida por la infraestructura de la traducción profesional y el aval académico de la ANLE, es hoy la hoja de ruta indispensable para cualquier estudio serio sobre el panhispanismo en el siglo XXI.

Leticia Molinero nos enseñó que el español de los Estados Unidos no es una lengua residual, sino una lengua en constante creación y expansión. Al fallecer en la ciudad que fue su laboratorio y hogar profesional durante décadas, nos deja una infraestructura intelectual sólida y una misión clara: la defensa de un idioma que no renuncia a su unidad global pero que reclama su identidad local.

Al despedirla, honramos a la profesora de filosofía que partió de Buenos Aires cargada de preguntas y a la académica que, en Nueva York, logró que las instituciones más poderosas del mundo reconocieran la autoridad de la lengua española. Su nombre queda inscrito en la historia como la mujer que le dio al español estadounidense su carta de ciudadanía científica y su dignidad profesional.

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