Su obra, dispersa
en ponencias magistrales, discursos académicos y en la labor institucional del Research
Institute of United States Spanish (RIUSS), constituye un puente necesario
entre la tradición filológica hispánica y la compleja realidad sociolingüística
de un país donde el español es la lengua minoritaria más hablada del mundo.
Para el público culto, su legado es una lección magistral sobre cómo la lengua
puede ser, simultáneamente, un objeto de estudio científico y una herramienta
de empoderamiento y dignidad social.
La trayectoria
vital de Leticia Molinero comenzó en Buenos Aires, ciudad donde nació y forjó
sus primeras armas intelectuales. Su formación de base en la Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA) le otorgó una
capacidad analítica y una profundidad humanista que serían la brújula de toda
su carrera. Esa "mirada filosófica" le permitió entender que el
lenguaje no es sólo un conjunto de reglas gramaticales, sino la estructura
misma del pensamiento y la identidad.
Tras su traslado
a los Estados Unidos, Molinero no se limitó a la labor académica tradicional.
Consciente de que, para defender el idioma en un entorno anglófono, era
necesario hablar también el lenguaje del pragmatismo, se especializó en
Comunicaciones y Análisis Financiero en la Universidad de Nueva York (NYU).
Esta amalgama multidisciplinar —la profundidad de la filosofía argentina y la
eficacia técnica estadounidense— fue la clave de su éxito profesional. Entendió
temprano que el español en los Estados Unidos no podía ser defendido solo desde
la estética literaria; necesitaba ser legitimado por la precisión de los
mercados, la claridad de los documentos gubernamentales y la eficacia de la
comunicación científica.
Al incorporarse a
la Academia Norteamericana de la Lengua Española, Molinero planteó una visión
revolucionaria que ella misma denominó "misión bifronte". En su discurso
de incorporación en 2011, citando los versos de Rubén Darío —«¿Tantos millones
de hombres hablaremos inglés?»—, definió las dos caras de la política
lingüística necesaria para los Estados Unidos: (1) La función de recomendación:
Alineada con el sistema de la Asociación de Academias de la Lengua Española
(ASALE), centrada en mantener la unidad del idioma, corregir calcos
innecesarios y ofrecer guías para un uso culto. (2) La función de
reconocimiento: Esta fue su aportación más original y valiente. Molinero instó
a la Academia a reconocer las variantes propias del español estadounidense que,
lejos de ser "errores", eran respuestas funcionales a un entorno
bilingüe.
Bajo esta premisa, lideró un hito institucional sin precedentes: el acuerdo entre la ANLE y la Administración de Servicios Generales (GSA) del gobierno federal de los Estados Unidos. Este convenio convirtió a la Academia en la consultora oficial del portal GobiernoUSA.gov. Gracias a su gestión, por primera vez el estándar lingüístico de las comunicaciones federales no fue una importación arbitraria de otros países, sino un español culto, funcional y adaptado a la realidad nacional de los más de 62 millones de hispanohablantes del país.
Uno de los
pilares científicos de su obra es la tesis presentada en foros como el Congreso
Esletra (2014): "La traducción, vector de evolución de la lengua
española". Molinero argumentó con rigor que, en los Estados Unidos, el
español formal es, en su inmensa mayoría, una "lengua traducida". A
diferencia de los países hispanohablantes, donde el idioma evoluciona de manera
orgánica a través del habla popular, que luego pasa a la escritura, en EE. UU.
el proceso suele ser inverso.
La terminología técnica, legal, administrativa y médica se crea primero en inglés y llega al español a través del tamiz de la traducción. Por tanto, el traductor no es un mero intermediario, sino un agente lingüístico primordial que pauta la evolución del idioma. Si el traductor falla por falta de preparación, la lengua se degrada en un híbrido incomprensible; si el traductor acierta basándose en una norma científica, la lengua se fortalece.
De aquí nace su
defensa de los "estadounidismos". Molinero acuñó este término para
identificar palabras y giros que adquieren un significado específico y legítimo
en el contexto de EE. UU. (como ciertos usos de "minoría",
"elegibilidad" o términos de seguridad social) y que deben ser
respetados por su valor comunicativo fundamental, siempre que se mantengan
dentro de los parámetros de la gramática española.
En 2015, su visión culminó en la creación del Research Institute of United States Spanish (RIUSS). Molinero estaba convencida de que el debate sobre el español en EE. UU. no podía seguir basándose en anécdotas o prejuicios. RIUSS nació para generar datos. Bajo su dirección, el instituto investigó la comprensión lectora de las comunidades hispanas y la eficacia de la comunicación pública.
Molinero se alejó
conscientemente del debate sobre la "pureza" del idioma para
centrarse en la dignidad del hablante. Para ella, ofrecer una traducción
deficiente o una instrucción pública oscura a un ciudadano hispanohablante era
una forma solapada de discriminación y una vulneración de sus derechos civiles.
Su labor en RIUSS buscaba elevar el "español de herencia" —ese que
muchos jóvenes aprenden en casa pero carece de registros cultos— a un español
profesional que les permitiera competir en el mercado laboral y académico.
La obra de
Molinero coincide y dialoga con las investigaciones del autor de esta nota,
compañero suyo en la ANLE y vicepresidente de RIUSS. Ambos identificamos que la
supervivencia del español en los Estados Unidos depende críticamente de su prestigio.
Si el español se percibe solo como una "lengua de inmigración" o un
dialecto doméstico, corre el riesgo de ser abandonado por las nuevas
generaciones en favor del inglés.
Leticia trabajó
incansablemente para que el español fuera una lengua de poder, ley y ciencia.
Su labor editorial durante once años en la revista Apuntes y sus dos
décadas de colaboración en el boletín Glosas sirvieron para
profesionalizar a miles de traductores, dotándolos de las herramientas
conceptuales para defender la calidad del idioma en sus respectivos ámbitos.
Más allá de sus
logros académicos, quienes conocimos a Leticia Molinero coincidimos en destacar su rigor
intelectual casi inflexible, que combinaba con una generosidad pedagógica
inmensa. No sólo teorizó sobre el idioma desde su despacho en Nueva York; formó
a generaciones en la creencia de que cada palabra elegida en un formulario de
salud o en un documento de derechos civiles era, en última instancia, un acto
de justicia.
Su visión del español como lengua nacional de los Estados Unidos, sostenida por la infraestructura de la traducción profesional y el aval académico de la ANLE, es hoy la hoja de ruta indispensable para cualquier estudio serio sobre el panhispanismo en el siglo XXI.
Leticia Molinero
nos enseñó que el español de los Estados Unidos no es una lengua residual, sino
una lengua en constante creación y expansión. Al fallecer en la ciudad que fue
su laboratorio y hogar profesional durante décadas, nos deja una infraestructura
intelectual sólida y una misión clara: la defensa de un idioma que no renuncia
a su unidad global pero que reclama su identidad local.




